LOS ATRIBUTOS DE DIOS
Por A. W. Pink
EL AMOR DE DIOS
En las Sagradas Escrituras se nos dicen tres
cosas acerca de la naturaleza de Dios. Primero, que “Dios es
Espíritu” (
Muchos hoy en día hablan del amor de
Dios, pero
son ajenos por completo al Dios de amor. El amor divino es
considerado comúnmente como una especie de debilidad afectuosa,
una cierta indulgencia cariñosa; es
reducido a un simple sentimiento
enfermizo, copiado de las emociones humanas.
Sin embargo,
la verdad es que en esto, como en todo lo demás, nuestras
ideas han de ser reguladas de acuerdo con lo que las
Sagradas
Escrituras nos revelan. Esta es una urgente
necesidad que
se hace evidente, no sólo por la ignorancia general que prevalece,
sino también por el estado tan bajo de espiritualidad que,
triste es decirlo,
es característica general de muchos de
los que profesan
ser cristianos. ¡Qué poco amor
genuino hay hacia Dios!
Una de las razones principales es que nuestros corazones
se ocupan muy poco de su maravilloso amor hacia los suyos. Cuanto mejor
conozcamos su amor -su carácter, plenitud,
bienaventuranza más fuerte
será el impulso de nuestros corazones
en amor hacia él.
1. El amor de Dios es
inherente.
Queremos decir que no hay nada en los objetos de su amor que pueda provocarlo, ni
nada en la criatura que pueda atraerlo o impulsarlo. El amor que una
criatura siente por otra es producido por algo que hay
en ésta; pero
el amor de Dios es gratuito, espontáneo,
inmotivado. La
única razón de que Dios ame a alguien reside en su
voluntad soberana. “No
por ser vosotros más que todos los
pueblos os ha querido Jehová, y os ha escogido; porque
vosotros erais los más pocos de todos los pueblos; sino porque
Jehová os amó”
(Deuteronomio 7:7,8). Dios ha amado a los
suyos desde la eternidad,
y, por lo tanto, nada que sea de la criatura puede
ser la
causa de lo que se halla en Dios desde la eternidad. El ama por
sí mismo “según
el intento suyo” (2 Timoteo 1:9).
“Nosotros le amamos a él, porque
él nos amó
primero” (1
2. Es eterno. Necesariamente ha de
ser así. Dios mismo es eterno, y Dios es amor; por tanto, como él no tuvo
principio, tampoco su amor lo tiene. Es cierto que este concepto
trasciende el
alcance de nuestra mente finita; sin embargo, cuando
no podemos
comprender, podemos adorar. ¡Qué
claro es el testimonio
de Jeremías 31:3 “Con amor eterno te he amado; por tanto
te soporté con misericordia!”
¡Qué bendito conocimiento el
saber que el Dios grande y santo amó a sus hijos antes de
que el cielo y la tierra fuesen creados, y que
había puesto su corazón
en ellos desde la eternidad! Esto es prueba
clara de que
su amor es espontáneo, porque él les amó
innumerables siglos antes de que tuviesen el
ser.
La misma maravillosa verdad queda expuesta en
Efesios 1:4,5: “Según nos escogió en él antes de la fundación
del
mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de
él en amor; habiéndonos
predestinado”. ¡Qué de alabanzas debería
producir el
corazón al pensar que si el amor de
Dios no tuvo
principio tampoco puede tener fin! Si es verdad que “desde el
siglo hasta
el siglo” El es Dios y es “amor”
entonces es igualmente verdad
que ama a su pueblo “desde el siglo y
hasta el siglo”.
3. Es soberano. Esto, también, es
evidente en sí mismo. Dios es soberano, no está obligado
para con
nadie; Dios es
su propia ley, actúa siempre de acuerdo con su propia voluntad
real. Así, pues,
si Dios es soberano, y es amor, se desprende
necesariamente que
su amor es soberano. Porque Dios es Dios,
actúa como le
agrada; porque es amor, ama a quien quiere. Tal
es su
propia explícita afirmación: “A Jacob amé,
mas a Esaú aborrecí” (Romanos 9:13).
No había más objeto de amor en Jacob que
en Esaú. Ambos habían
tenido los mismos padres, habían nacido
al mismo tiempo,
puesto que eran gemelos; con todo, ¡Dios amó al uno y
aborreció
al otro! ¿Por qué? Porque le agradó hacerlo
así.
La soberanía del amor de Dios se
desprende
necesariamente del hecho de que no es influido por nada que haya en
la criatura. De ahí que el afirmar que la causa de su amor
reside en El mismo es sólo otra manera
de decir que ama a quien quiere.
Supongamos, por un momento, lo contrario.
Supongamos que
el amor de Dios fuera regulado por algo externo a su voluntad. En tal caso su amor se regiría por unas reglas, y,
siendo así, El estaría
bajo una regla de amor, de manera que, lejos
de ser
libre, sería gobernado por una ley. “En amor;
habiéndonos predestinado para ser
adoptados hijos por Jesucristo a sí mismo,
según” -¿qué? ¿Algún
mérito que vio en nosotros? No;
sino, “según el puro afecto de su voluntad” (Efesios
1:4,5).
4. Es infinito. Todo lo referente a
Dios es infinito. Su sustancia llena los cielos y la tierra. Su sabiduría es
ilimitada, porque él conoce todo el pasado, el presente y el
futuro. Su poder
es inmenso, porque no hay nada difícil
para él. Asimismo,
su amor no tiene límite. Tiene una profundidad
que nadie
puede sondear; una altura que nadie puede escalar; una longitud y una
anchura que están más allá de
toda medida humana. Esto se nos indica en
Efesios 2:4: “Sin embargo, Dios, que es rico en
misericordia, por su mucho amor con que nos
amó”; la
palabra “mucho” aquí es sinónima de “de
tal manera amó Dios”
en
“Ninguna lengua puede expresar fielmente
la
infinitud del amor de Dios, ni ninguna mente comprenderla: “excede a
todo conocimiento” (Efesios 3:19). Las más vastas ideas
que la mente finita puede formarse del amor
divino están muy por debajo de su
verdadera naturaleza.
5. Es inmutable. Del mismo modo que
en Dios “no hay mudanza, ni sombra de variación”
(Santiago 1:17),
tampoco su
amor conoce cambio o disminución. El indigno Jacob ofrece un
ejemplo poderoso
de esta verdad: “A Jacob amé”, declaró
Jehová, y, a pesar de toda su
incredulidad y desobediencia, El nunca dejó de amarle. En
6. Es santo. El amor de Dios no
lo regula el capricho, ni la pasión, ni el sentimiento, sino un principio. Del mismo
modo que su gracia no reina a expensas de la misma, sino “por la
justicia”
(Romanos 5:21), así su amor nunca choca con su
santidad. “Dios
es luz” (1
7. Es benigno. El amor y el favor
de Dios son inseparables. Esto se pone de relieve en Romanos 8:32-39. Por la idea
y alcance del contexto se percibe claramente que es este amor, el cual
no
puede haber separación: es la buena voluntad y
la gracia de Dios
que le determinaron a dar a su Hijo por los
pecadores.
Ese amor fue el poder impulsor de la encarnación de Cristo:
“De tal manera amó Dios al mundo,
que ha dado a su Hijo unigénito” (
He aquí, abundante motivo para confiar en
Dios,
y para soportar
con paciencia las aflicción que envía, Cristo era el
amado
del Padre, y aun así no estuvo exento
de pobreza, afrenta
y persecución. Sufrió hambre y sed. De ahí que, al
permitir que los hombres le escupieran y le
hirieran, el amor de Dios hacia Cristo no
sufrió menoscabo. Así pues, que
ningún cristiano dude del
amor de Dios al ser sometido a pruebas y aflicciones
dolorosas. Dios no enriqueció a Cristo con prosperidad temporal
en este mundo,
ya que “no tenía donde recostar
su cabeza”. Pero sí le
dio el Espíritu sin medida. Siendo así, aprendamos que
las bendiciones espirituales son los dones principales del amor divino.
¡Qué
bendición es el saber que, aunque el mundo nos
odie, Dios nos
ama!