La debilitante enfermedad de la gota, la calumnia
ponzoñosa, la depresión
recurrente: Spurgeon sufrió todo eso. ¿Qué le
ocurrió a su fe, como resultado
de estas agonías?
Los amigos de Spurgeon e inclusive sus conocidos casuales,
hacían comentarios
acerca de su risa contagiosa. Su humor encontró también
expresión en sus
sermones y escritos, por lo que a veces fue duramente criticado.
Spurgeon
respondía que si sus críticos solamente supieran
cuánto suprimía de su humor,
guardarían silencio. Al mismo tiempo, la vida de Spurgeon estuvo
saturada de
sufrimientos. Conocemos íntimamente sus aflicciones gracias a
sus frecuentes y
francas descripciones de ellas. ¿Qué tormentos afligieron
a Spurgeon? ¿Cómo
reconcilió sus dolorosas experiencias con su visión de un
Dios lleno de gracia?
Agonías Espirituales
Arriesgándonos a una tajante simplificación, podemos
agrupar los sufrimientos
de Spurgeon en sufrimientos espirituales, emocionales y físicos,
aunque hay que
reconocer la influencia recíproca entre las distintas
categorías. Los
sufrimientos espirituales de Spurgeon comenzaron de manera más
marcada, cinco
años antes de su conversión. A lo largo de su ministerio,
él se refirió a los
horrores que había sentido durante cinco años, cuando se
encontraba bajo una
profunda convicción de pecado, intelectualmente consciente del
Evangelio, pero
ciego a su aplicación personal. "La justicia de Dios, como un
arado,
desgarró mi espíritu," recordaba. "Yo estaba condenado,
arruinado,
destruido, perdido, desvalido, desesperado. Yo pensaba que el infierno
estaba
ante mí. . . yo oraba, sin encontrar ninguna respuesta de paz.
Eso me ocurrió
durante mucho tiempo."
Para Spurgeon, ningún sufrimiento soportado más tarde,
podría igualar esta
devastadora amargura del alma. Esos sufrimientos espirituales le
enseñaron a
aborrecer la inmundicia del pecado y apreciar la santidad de Dios. Y
engendraron en él un gozo seráfico en su
salvación.
Calumnia y Escarnio
Durante sus años iniciales en Londres, Spurgeon fue el blanco de
intensas
calumnias y escarnios. En 1881, pudo mirar en retrospectiva esos
años y
comentar: "puedo decir en verdad, 'yo fui enterrado con Cristo hace
treinta años,' ciertamente debo estar muerto. Verdaderamente el
mundo así lo
pensó, pues no mucho tiempo después de mi entierro con
Jesús, comencé a
predicar Su nombre, y por esos años el mundo me consideró
muy trastornado, y
afirmó: 'apesta." Comenzaron a decir todo tipo de cosas malas
contra el
predicador; pero entre más apestaba yo en sus narices,
más me regocijaba, pues
tenía entonces la plena certeza que yo estaba realmente muerto
para el
mundo."
Por aquel entonces, sin embargo, Spurgeon se debatía entre el
gozarse ante
tales persecuciones o el ser aplastado por ellas. En 1857, luchó
con sus
sentimientos. "A menudo he caído de rodillas, con un sudor
hirviente
brotando de mi rostro bajo el peso de una nueva calumnia lanzada contra
mí; en
una agonía de dolor mi corazón ha estado a punto de ser
quebrantado. . .Esto
puedo decir con todo mi corazón: si ser convertido en el lodazal
de las calles
otra vez, si ser el hazmerreír de los insensatos y ser la
canción del borracho
me permitirá una vez más ser de mayor servicio a mi
Señor, y más útil a su
causa, prefiero eso a toda esta muchedumbre, o a todo el aplauso que el
hombre
pueda brindarme."
El Peso de la Predicación
A menudo, al venir a este púlpito, he
sentido que mis rodillas chocaban
entre sí.
Desde el principio de su ministerio, Spurgeon atrajo inmensas
audiencias en
instituciones tales como Exeter Hall y el Royal Surrey Gardens Hall,
que
poseían auditorios de gran capacidad de público. Aunque
según las apariencias,
Spurgeon desbordaba aplomo, en realidad, internamente, estaba lleno de
vacilaciones.
En 1861, comentó: "mis diáconos saben muy bien
cómo, cuando prediqué por
primera vez en Exeter Hall, escasamente hubo alguna ocasión en
la que me
dejaron solo diez minutos antes del servicio, sin que me encontraran en
un
espantoso estado de enfermedad, producido por ese tremendo sentimiento
de mi
solemne responsabilidad. . ."
Spurgeon sentía una gran ansiedad que brotaba, no tanto de las
multitudes a las
que tenía que predicar, sino frente a la terrible
responsabilidad de tener que
rendir cuentas ante Dios por las almas de tantas personas. Esta fue
siempre una
vigorosa fuente de sufrimiento espiritual a lo largo de toda su
carrera. Él
hizo la observación en 1883: "he predicado el Evangelio durante
estos
últimos treinta años y más, y. . . a menudo, he
sentido que mis rodillas
chocaban entre sí, no porque tuviera temor de mis oyentes, sino
al pensar en
esas cuentas que debo rendir a Dios, si hablo la verdad fielmente o no."
¡Aflicción Emocional por "Fuego"!
En la noche del 19 de Octubre de 1856, Spurgeon iba a comenzar un
período de
servicios semanales en el salón Royal Surrey Gardens Music Hall.
La mañana de
ese mismo día había predicado en la Capilla New Park
Street, sobre el texto de
Malaquías 3: 10: "Probadme ahora en esto." Con escalofriante voz
profética declaró: ". . .yo podría ser llamado a
estar allí donde se
fraguan las nubes de tormenta, donde los rayos juegan, y los vientos
tempestuosos aúllan en la cima de la montaña. Bien,
entonces, nací para probar
el poder y la majestad de nuestro Dios; en medio de los peligros,
Él me llenará
de valor; en medio de los trabajos, Él me fortalecerá. .
. Esta noche nos vamos
a reunir en un lugar donde se congregará una muchedumbre sin
precedentes, tal
vez por pura curiosidad, para oír la Palabra de Dios; y la voz
clama en mis
oídos: 'Probadme ahora en esto.'. . . Mira lo que puede hacer
Dios, justo en el
momento cuando una nube está cayendo sobre la cabeza de quien
Dios ha
levantado, para que les predique. . ."
Esa noche el salón Surrey Hall, con capacidad de albergar a doce
mil personas,
estaba desbordante con una muchedumbre adicional de unas diez mil
personas que
deambulaban en los jardines. El servicio acababa de empezar cuando,
durante la
oración de Spurgeon, varios sinvergüenzas mal intencionados
gritaron: "¡fuego!
¡Los balcones se están desplomando!" Como consecuencia del
pánico
generado, siete personas murieron y veintiocho más tuvieron que
ser
hospitalizadas por las severas lesiones que sufrieron. Spurgeon,
totalmente
destrozado, tuvo que ser llevado, literalmente, del púlpito a
casa de un amigo,
donde permaneció por varios días sumido en profunda
depresión.
Más tarde, él comentó: "tal vez ningún alma
se acercó tanto al horno
ardiente de la locura, y se alejó de él sin recibir
ningún daño." Finalmente
encontró consuelo en este versículo: "Por lo cual Dios
también le exaltó
hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre." Spurgeon
no
era sino un soldado; el Señor es el capitán de los
ejércitos, y por ello la
victoria estaba asegurada. Sin embargo, hasta su muerte, el espectro de
esa
calamidad le persiguió de tal manera, que un amigo cercano y
biógrafo
conjeturó: "no puedo dejar de pensar que su comparativamente
temprana
muerte puede atribuirse en alguna medida al horno de sufrimiento mental
que soportó
durante esa terrible noche y en días posteriores.
Depresión
Si Spurgeon conocía la depresión desde antes, como
consecuencia del desastre de
Surrey Hall se convirtió en una compañera suya más
frecuente y perversa. En
Octubre de 1858 sufrió, desde su llegada a Londres, el primer
episodio de
alguna enfermedad que lo incapacitara temporalmente. Habiéndose
tenido que
ausentar de su púlpito durante tres domingos, a su regreso
predicó sobre 1
Pedro 1: 6: "En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por
un poco de
tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas
pruebas." En
el sermón, titulado "La Aflicción y el Gozo del
Cristiano," Spurgeon
comentó que durante su enfermedad, cuando "mi espíritu
estaba tan abatido
que podía llorar durante horas como un niño, y sin
embargo no sabía por qué
lloraba. . . un buen amigo me estaba contando acerca de una pobre mujer
que
vivía cerca, que sufría de grandes dolores, pero que
estaba llena de gozo y
alegría. Al oír esa historia me sentí muy
acongojado y avergonzado de mí mismo.
. ." Mientras se debatía frente al contraste entre su
depresión y el gozo
hecho patente por esa mujer que sufría de cáncer, "este
texto brilló en mi
mente con su verdadero significado. . .que algunas veces el cristiano
no
soporta sus sufrimientos con un corazón valeroso y gozoso" sino
"a
veces su espíritu se hunde con él, y el cristiano debe
volverse como un niñito
golpeado por la mano de Dios."
Spurgeon frecuentemente se encontraba "abatido." A veces su
depresión
era el resultado directo de sus diversas enfermedades: tal vez de
origen
psicológico, y en el caso de la gota, probablemente
también de origen
fisiológico. A pesar de ello, Spurgeon consideraba su propia
depresión como su
"peor rasgo" y una vez comentó que "el decaimiento no es una
virtud; creo que es un vicio. Estoy avergonzado de mí mismo de
corazón por caer
en él, pero estoy seguro que no hay remedio tan bueno para eso
como la santa fe
en Dios."
Spurgeon se consolaba a sí mismo al darse cuenta que tal
depresión lo equipaba
para ministrar con mayor efectividad: "yo iría a las
profundidades cien
veces para alentar a los espíritus abatidos. Es bueno que yo
experimente la
aflicción, para saber cómo hablar oportunamente una
palabra a alguien que esté
abrumado."
Tareas del Ministerio
Los recurrentes ataques de depresión de Spurgeon fueron
exacerbados por sus
numerosas responsabilidades. Él comentó una vez: "Nadie
conoce el trabajo
y el cuidado que tengo que soportar. No pido simpatía, sino que
pido
indulgencia si a veces olvido algo. Tengo que cuidar de un orfanatorio,
estoy a
cargo de una iglesia que consta de cuatro mil miembros, algunas veces
tengo que
oficiar en matrimonios y entierros, debo revisar un sermón
semanal, tengo que
editar La Espada y la Cuchara, y además de todo eso,
tengo que responder
un promedio semanal de unas quinientas cartas." En 1872 aseveró
que
"el ministerio es un asunto que agota el cerebro y fuerza al
corazón, y
desangra la vida de un hombre si lo atiende como debe hacerlo."
Sin embargo, él rehusaba bajar el ritmo. Durante su primera
enfermedad de
importancia (Octubre 1858) Spurgeon escribió a su
congregación y a sus
lectores: "No atribuyan mi enfermedad al hecho que he trabajado
demasiado
arduamente para mi Señor. Por Su amada causa miro con piedad a
la gente que
dice: 'no predique con tanta frecuencia; usted se está matando.'
¡Oh Dios mío!
¿Qué habría dicho Pablo ante un consejo
así?" Spurgeon decidió que sus
arduos trabajos y su angustia, aunque dañinos
físicamente, debían ser asumidos:
"estamos demasiado ocupados en cuidarnos a nosotros mismos; rehuimos
las
dificultades encontradas en una labor excesiva. Y frecuentemente tras
el
parapeto del cuidado de nuestro cuerpo, no hacemos ni la mitad de lo
que
deberíamos. Un ministro de Dios debe desdeñar las
sugerencias que lo invitan a
la comodidad innoble; su llamado es al trabajo arduo; y si destruye su
constitución, al menos yo, únicamente doy gracias a Dios
que nos permite el
gran privilegio de convertirnos en sacrificios vivos."
La Enfermedad de la Gota
"¿Alguna vez estuvieron acostados durante una semana sobre un
solo
costado? ¿Alguna vez intentaron darse la vuelta, para solo
descubrirse
desvalidos?
La enfermedad que afligió a Spurgeon con mayor severidad fue la
de la gota, una
condición que a veces produce un dolor insoportable. Lo que
puede ser
diagnosticado con claridad como gota, le vino a Spurgeon en 1869,
cuando
contaba con 35 años de edad. Por el resto de su vida estuvo
incapacitado por
semanas o inclusive durante meses casi cada año, debido a
diversas
enfermedades. El espacio no nos permite elaborar una crónica ni
siquiera
abreviada de sus sufrimientos físicos. Alguna apreciación
de ellos nos llega de
un artículo de La Espada y la Cuchara en 1871: "Es una
gran
misericordia poder cambiarse de lado cuando uno está acostado. .
. ¿Alguna vez
estuvieron acostados durante una semana sobre un solo costado?
¿Alguna vez
intentaron darse vuelta sólo para descubrir que no podían
hacerlo? ¿Alguna vez
los tuvieron que levantar otras personas, que por amabilidad les
comunicaron la
miserable conclusión que tenían que levantarlos otra vez
y regresarlos de
inmediato a la posición anterior, pues aunque hubiera sido muy
mala, era
preferible a cualquier otra?. . . Es una entrañable misericordia
poder dormir
por lo menos una hora en la noche. . .Cuán grande misericordia
he recibido
cuando sólo una rodilla me tortura a la vez. ¡Qué
bendición poder poner otra
vez el pie en el suelo, aunque sólo sea por un minuto!"
Algunos meses más tarde Spurgeon describió en un
sermón, una experiencia
durante ese período de aflicción: "hace algunos meses,
cuando estaba
siendo atormentado por el dolor, a tal punto que no podía
soportarlo sin
gritar, le pedí a todos los que me rodeaban que abandonaran la
habitación, y
que me dejaran solo; y luego no tenía otras palabras que decirle
a Dios excepto
éstas: "Tú eres mi Padre, y yo soy tu hijo; y Tú,
como un Padre, eres
tierno y lleno de misericordia. Yo no podría soportar ver que mi
hijo sufriera
como Tú me haces sufrir, y si yo lo viera que está siendo
atormentado como yo
lo estoy siendo ahora, haría lo que pudiera para ayudarlo y lo
abrazaría para
sostenerlo. ¿Todavía se agravará sobre mí
tu mano, y no tendré una sonrisa de
Tu rostro?". . . Así supliqué, y luego me atreví a
decir, cuando estaba en
silencio y los que me cuidaban regresaron a la habitación: 'a
partir de este
momento no tendré un dolor tan agudo, pues Dios ha escuchado mi
oración.' Bendigo
a Dios porque vino la calma y el dolor que me atormentaba no
regresó
nunca." Él se refería frecuentemente a este incidente,
aunque es imposible
saber si la gota no volvió a ser nunca tan extremadamente
dolorosa como lo fue
durante ese episodio.
A partir de 1871, Spurgeon vivió escasamente libre de dolor. Los
intervalos
entre los tiempos de obligado descanso se volvieron cada vez más
cortos, y su
condición de salud se volvió más compleja cuando
se comenzaron a presentar los
síntomas de la enfermedad de Bright (una inflamación
crónica de los riñones). Desde
1870, Spurgeon buscó regularmente su recuperación y
restauración en Mentone, en
el sur de Francia.
Los últimos años de sufrimiento físico de Spurgeon
deben verse a través del
lente de la 'Controversia del Declive.' Cuando dio comienzo esta
controversia,
Spurgeon comentó que él "había sufrido la
pérdida de amistades y de
reputación, pérdida de apoyo económico y amargos
reproches. . .Pero nadie puede
medir el dolor que me ha costado." A un amigo le dijo en 1891:
"adiós, no me volverás a ver nunca. Esta lucha me
está matando."
¿Dónde Está Dios Cuando Se Sufre?
Spurgeon sostenía que puesto que Dios es soberano, no hay tales
cosas como
accidentes. Esto, sin embargo, no es fatalismo. "El destino es ciego;
la
Providencia tiene ojos." Una fe firme en la soberanía de Dios
era esencial
para el bienestar de Spurgeon: "para mí sería una
experiencia muy dolorosa
y difícil de soportar pensar que estoy atravesando una
aflicción que Dios no me
mandó; que la copa amarga nunca fue llenada por Su mano; que mis
pruebas no
fueron nunca medidas por Él; que no me fueron enviadas en la
cantidad y en el
peso establecidos por Su disposición."
Consecuentemente, él tendía a mirar muy poco a la
causalidad próxima. "Si
beben del río de la aflicción cerca de su desembocadura,"
predicó en 1858,
"es salobre y ofensivo al gusto, pero si lo siguen hasta su fuente,
donde
brota al pie del trono de Dios, descubrirán que sus aguas son
dulces y
restauran la salud." Él explicó en 1873: "si yo atribuyo
mi dolor a
un accidente, mi aflicción a un error, mi pérdida a la
culpa de otro, mi malestar
a un enemigo, y así sucesivamente, soy de la tierra, terrenal, y
me romperé los
dientes con piedras de grava; pero cuando me vuelvo a mi Dios y veo Su
mano en
acción, me calmo y no tengo ni una palabra de queja."
La confianza en la soberanía y el amor paternal de Dios no
impidió que Spurgeon
preguntara algunas veces "¿por qué?", más
especialmente cuando
quedaba incapacitado en tiempos que él consideraba cruciales
para su trabajo. En
La Espada y La Cuchara en 1876, hizo la pregunta en un
artículo titulado
"Incapacitado. ¿Por qué?" Spurgeon respondió a su
propia pregunta
concluyendo que tales tiempos son "la manera más segura de
enseñarnos que
no somos necesarios para la obra de Dios, y que cuando somos más
útiles, Él
puede fácilmente prescindir de nosotros."
En esto y en todo lo demás, Spurgeon se dio cuenta de los
beneficios
potenciales del dolor. En un sermón publicado en 1881, él
afirmó: "En sí
mismo, el dolor no santificará a nadie: tiende inclusive a
ensimismar a la
persona, y volverla malhumorada, enojadiza, egoísta; pero cuando
Dios bendice
ese dolor, entonces tendrá un efecto sumamente saludable: una
suavizante
influencia de obediencia."
Un poco menos de un año antes de su muerte, Spurgeon
discutió ese proceso en un
sermón titulado: "El Pueblo de Dios Consumido y Afligido."
Allí, él
se pregunta: "¿alguna vez han sido puestos en el crisol,
queridos amigos? Yo
he estado allí, y mis sermones conmigo, y mi cuerpo, y todas mis
buenas obras. Prácticamente
llenaron el recipiente hasta que el fuego se consumió, y luego
miré para ver
qué se consumió allí; y si no hubiera sido porque
yo tenía una fe simple en mi
Señor Jesucristo, me temo que no habría encontrado
nada… El resultado de la
purificación es que nos permite llegar al verdadero valor de las
cosas, y somos
formados en un molde nuevo y mejor. Y, ¡oh, casi anhelamos el
crisol si por
medio de él somos liberados de la escoria, para poder ser
purificados, para
poder ser moldeados más completamente a semejanza de nuestro
Señor!"
Aquí vemos una maravillosa paradoja en la teología
aplicada de Spurgeon. Él
admite francamente que temía al sufrimiento y haría
legítimamente lo que fuera
para evitarlo. Sin embargo, cuando no sufría agudamente,
anhelaba el
sufrimiento. "El camino para una fe más firme usualmente va a lo
largo del
abrupto sendero del dolor," decía. "Me temo que toda la gracia
que he
recibido en mis tiempos de comodidad y tranquilidad, pueden caber
perfectamente
en una moneda de un centavo. Pero el bien que he recibido de mis
aflicciones, y
dolores y penas, es completamente incalculable. . . La aflicción
es el mejor
mueble de mi casa. Es el mejor libro de la biblioteca de un ministro."
No podemos esperar entender los sufrimientos de Spurgeon a menos que
echemos
una mirada a la experiencia de intimidad en su relación con su
Salvador. El 7
de Junio, 1891, Spurgeon predicó, en medio de un agudo dolor
físico generado
por su enfermedad, lo que sería, sin saberlo él, su
último sermón. Sus palabras
finales en el púlpito fueron, como siempre, acerca de su
Señor: "Él es el
más magnánimo de los capitanes. Entre los
príncipes más escogidos, no ha habido
nadie como Él. Le encontraremos siempre en lo más recio
de la batalla. Cuando
sopla el viento frío, toma el lado más desolado de la
montaña. La parte más pesada
de la cruz siempre descansa entre Sus hombros. Si nos ordena llevar una
carga,
Él también la lleva. Si hay algo lleno de gracia,
generoso, amable y tierno,
espléndido y con amor en abundancia, lo encontraremos siempre en
Él. Más de
cuarenta años Le he servido, ¡bendito sea Su nombre!, y no
he encontrado otra
cosa sino amor de Su parte. Me encantaría poder continuar
sirviéndole de la
misma manera otros cuarenta años aquí abajo, si Él
así lo quisiera. Su servicio
es vida, paz, gozo. ¡Oh, que ustedes comenzaran a servirle de
inmediato! ¡Que
Dios les ayude a alistarse bajo el estandarte de Jesús en este
mismo día! Amén."
Nota del Traductor: Este ensayo ha sido traducido con la
autorización de
Chapel Library, una importante fuente de sermones impresos de Spurgeon,
tanto
en inglés como en español.
Chapel Library
2603 W. Wright St.
Pensacola,
www.mountzion.org
Darrell W. Amundsen, Ph. D. es Profesor de Letras Clásicas en
Western Washington
University, Bellingham, Washington. Es un reconocido experto en el
campo de
Historia Antigua y Medieval y Ética.