LIBRO SEGUNDO:

CAPÍTULO I: La Existencia De Dios

    HAY UN DIOS. "En el principio crió Dios los cielos y la tierra" (Génesis 1:1); "Dijo el necio en su corazón: No hay Dios" (Salmo 14:1); "Entonces el escriba le dijo: Bien, Maestro, verdad has dicho, que uno es Dios, y no hay otro fuera de él" (Marcos 12:32); "Nosotros empero no tenemos más de un Dios, el Padre, del cual son todas las cosas, y nosotros en él: y un Señor Jesucristo, por el cual son todas las cosas, y nosotros por él" (1 Corintios 8:6); "Mas el que crió todas las cosas es Dios" (Hebreos 3:4).

    La doctrina de que Dios existe no es ahora demostrada como una nueva verdad. Ha sido suponido en todas las páginas anteriores; y las pruebas de ella han sido traídas a vista en varias maneras. Pero por la causa del orden sistematico, sería propio en colectar estas pruebas debajo de una cabeza; y una declaración más clara contribuíra a la confirmación de nuestra fe.

    1. Nuestra naturaleza moral demuestra la existencia de Dios.

    Nuestra naturaleza moral es adaptada a un gobierno moral. Hallamos este gobierno dentro de nosotros administrada por la consciencia, y nos encuentra por de afuera en la influencia que experienciamos de los juicios morales y sentimientos de otros. Ella restriñe nuestros apetítos y pasiones; y, con todo que incómodo sea este constreñimiento a nuestras propensidades viciosas, todos saben que es conducivo a su bien estár.

    Somos sociales como tan bien como seres morales. Las circunstancias en las cuales entramos al mundo, y las propensidades que traémos con nosotros, se unen para hacer necesario el establecimiento de la sociedad. Las aves se congregan en bandas de aves, y las colmenas en enjambres, y los instintos de ellos son adaptados a las relaciones sociales que forman. Para el hombre en la sociedad, los principios morales son indispensables. Echa fuera de todo miembro de la sociedad humana los constreñimientos los cuales su consciencia y el sentido moral de la comunidad imponen sobre él, y desolarás la tierra , o la convertirás en un infierno. La fuerza bruta, y la astucia diabólica, debajo del dominio de pasiones desordenados, tomará el dominio del mundo, y lo llenará con miseria.

    Desde la influencia combinada de nuestros principios sociales y morales, gobiernos civiles han originado, y la existencia de ellos han sido por la experiencia de ser indispensables al bienestar de la sociedad. Estos gobiernos han diferido muy extensamente en sus grados de excelencia; y algunos de ellos han sido administrados muy injustamente y cruelmente; pero el más peór de ellos ha sido considerado preferible a una anarquía violenta.

    La noción de un gobierno moral, y el sentido de su necesidad, brota naturalmente de la mente humana; pero ninguna forma terrenal de él satisface nuestros deseos, o se conforma a nuestras necesidades. La consciencia nos restriñe; y, cuando no hacemos caso de sus amonestaciones, nos atormenta con remordimiento; pero los hombres todavía son impíos. El sentimiento publico señala el vicio con infamia; pero, a pesár del sentimiento publico, los hombres son viciosos. El gobierno civil declara sus penas, y el gobernador sacude su espada; pero los hombres perseveran en la impiedad, y frecuentemente con impunidad. La voz de la naturaleza dentro de nosotros clama por un gobierno libre de estas imperfecciones. Si de la idéa de un gobernador pequeño sobre una nación o tribu singular, ascendemos a una de un gobernador moral sobre todas las criaturas inteligentes; si en vez de los sentimientos y juicios morales imperfectos que hallamos en los hombres, atribuímos a éste gobernador universal, todas las perfecciones morales posibles, si lo investimos con un conocimiento suficiente para descubrir todo crimen, y el poder suficiente para manifestar su desaprobación de ellos en una manera eficaz y muy proporcionado; y si éste soberano exaltado, en vez de estár lejos de nosotros, es traído a un tal relación con nosotros, que en él vivimos, nos movemos, y tenemos nuestro ser; tuvieramos la concepción más sublime de un gobierno moral, de la cual nuestras mentes son capaces. Esta concepción es presentado en la proposición, HAY UN  DIOS. La idéa de la existencia de Dios, como el gobernador moral del universo, se concorda precisamente con las tendencias y demandas de nuestra naturaleza moral; y, sin admitirlo, nuestras facultades morales y la fenómena que exhíben, son totalmente inexplicables.

    Los principios morales de nuestra naturaleza hallan ocasión para desarollamiento y ejercicio, en las relaciones que sostenemos con nuestros compañeros-criaturas. Pero, para su desarollo e ejercicio completo nada presenta la oportunidad, sino la relación que mantenemos hacia a Dios, y su dominio universal. Éste ejercicio de ellos constituye la religión. Por lo tanto, la religión es la perfección de la moralidad; y la doctrina fundamental de la religión es la existencia de Dios.

    2. La existencia del mundo y los conceptos que contiene, demuestran la existencia de Dios.

    Mientras nuestra naturaleza moral nos lleva a la concepción de un Dios, como el gobernador moral del universo, y a la creencia de su existencia, nuestra naturaleza intelectual se acerca a él, como la Primera Grande Causa. La razón traza la cadena de causa y efecto por todas sus enlaces. Ella halla cada enlace dependida en aquella que la precede; y pregunta sobre qué depende la cadena entera. No obtiene una respuesta satisfecha a ésta pregunta, hasta cuando ha admitido la existencia de un ser independiente, auto-existente,e eterno, como la primera causa de todas las cosas. Aquí, y solo aquí, la mente halla reposo.

    El argumento sobre el cual ha sido más dependida en la religión natural, para probar la existencia de Dios, es derivado de las indicaciones de planes, de las cuales abundan en la Naturaleza. La adaptacion de medios a los fines, y el cumplimiento de propósitos por planes de destrezas perfectos, son visibles por dondequiera. Los planes implican un trazador. La inteligencia manifestada es en veces hallada en criaturas que no tienen inteligencia; y en otro casos, cuando es hallada en criaturas inteligentes, es manifiestamente no de ellos mismos; porque existen sin el conocimiento de ellos, y operan sin el control de ellos. El plan tiene que ser referido a una Causa Primera inteligente. Éste argumento para la existencia de Dios es de un gran valor practical porque es presentado a nuestras mentes diariamente, y a cada hora, en todas las obras de la Naturaleza. Lo encontramos en los rayos del sol, que imparten a las plantas e animales, el calor necesario para la vida; y a cada ojo, la luz sin la cual, los ojos serían inútiles. Se presenta a si misma a los ojos de cada hombre, bestia, ave, pez, insecto, y réptil, y es exhibida más convincentemente en los arreglos para recibir y refractar la luz; y empleándola para los propósitos de la visión; un plan tan verderamente mecánica, y conformada a las leyes de la óptica, como aquella que es vista en la estructura del telescopio. Lo vemos en la lluvia que descende para hacer fértil la tierra, y causa que la hierba crezca; y en el germen que brota, la hoja que se extiende, el eje saliente, y el grano que se madura, en todos un plan diestro es manifestado, que transciende toda arte humana. Lo discubrimos en los instintos por los cuales la gallina cría los pollos, y cuida de ellos; y en la adaptación de cada especie de animale en la tierra, en el aire, o en el agua, a su modo y condición de vida. Es visto en la vuelta del día y de la noche, y la revolución de las estaciones, el viento que barre el cielo, y el vapor que se levanta del oceano, y flotéa por la atmósfera. Lo hallamos en los huesos del cuerpo,adaptados para sus movimientos respectivos, y en los músculos que los mueven; en el corazón que palpíta, en la sangre circulante, en el estómago digerinte, y en los pulmones exhalantes. En todo lo que el ojo ve, o que la mente contempla, discubrimos las manifestaciones del poder y la sabiduría  del Creador. El corazón devocional es impresionado con la evidencia de la existencia de Dios, tan manifestados abundantemente en todas sus obras manuales, y es incitado para admirar y adorar. Todo el universo viene a ser un grande templo, llenado con la presencia y gloria de la deidad; y todo lugar viene a ser un altar, sobre el cual se le puede ofrecer el sacrificio de alabanza y acciones de gracias.

    3. La doctrina que hay un Dios es confirmado por el consentimiento común de la humanidad.

    Ha habido tribus de hombres sin literatura, y hasta a un grado grande, sin ciencia y los artes; pero la noción de un poder invisible que todo lo dirige, con alguna forma de un culto religioso, casi, o totalmente ha sido universal. En este particular, el hombre es distinguido de todos los otros animales que habitan el globo; y si hay alguna porción de nuestra raza en quienes no ha aparecido una idéa de Dios y la religión, se puede decir de ellos, que se han tan brutalizado hasta esconder de la vista las características distintas de la naturaleza humana. Ahora, como quiera que sea dado razón por ello, que una creencia en la existencia de Dios ha prevalecido tan generalmente entre la humanidad; el hecho de que ha prevalecido es un argumento por la verdad del opinión. Si es una revelación antigüa dada por la tradición, esa revelación procede de Dios, y por lo tanto prueba su existencia; y si naturalmente brota de la mente humana, en las circunstancias en las cuales estamos puestos, lo que la Naturaleza enseña universalmente puede ser recibido como verdad.

    4. La revelación divina desecha toda duda en cuanto a la existencia de Dios.

    En la Biblia la existencia de Dios es asumido desde el mismo principio. "En el principio crió Dios los cielos y la tierra" (Génesis 1:1). Aunque declarada formalmente apenas en un pasaje singular, la doctrina es representada como fundamental en la religión. "Es menester que el que a Dios se allega, crea que le hay" (Hebreos 11:6); y la negación de ella es atribuído a la necedad; "Dijo el necio en su corazón: No hay Dios" (Salmo 14:1). El volumen de la revelación es una luz emanando del Padre de luces, y es, de si misma, una prueba independiente de su existencia.  Al estudiar sus páginas, en su luz veremos la luz; y una convicción permanente y más realizante de que él, la Fuente grande de luz, existe, ocupará nuestras mentes.

    La harmonía perfecta entre la religión revelada y la natural, con respecto a esta doctrina, confirma la enseñanza de ambos. "Los cielos cuentan la gloria de Dios, Y la expansión denuncia la obra de sus manos. El un día emite palabra al otro día, Y la una noche á la otra noche declara sabiduría" (Salmo 19:1,2). Mientras el cielo y la tierra, el día y la noche, hablan por Dios, él habla por si mismo en su palabra inspirada, confirmando el testimonio que ellos dan, y completando la instrucción que ellos transmiten. La revelación divina nunca contradice o pone al lado las enseñanzas de la religión natural. Dios lo afirma, "Porque las cosas invisibles de él, su eterna potencia y divinidad, se echan de ver desde la creación del mundo, siendo entendidas por las cosas que son hechas" (Romanos 1:20). No es una derogación de la autoridad o perfección de las Escrituras, que estúdiemos la religión natural. Las Escrituras mismas nos dirigen a éste estudio. "Y en efecto, pregunta ahora á las bestias, que ellas te enseñarán; Y á las aves de los cielos, que ellas te lo mostrarán" (Job 12:7). El mismo Dios quien nos habla por su palabra, nos habla también por sus obras; y en cualquier manera que él hable, debemos de escuchar, y recibir instrucción.

    Es un prueba lamentable de la depravación humana, que los hombres han de negar o de descuidar de la existencia de Dios. Leémos del necio, quien dice en su corazón, que no hay Dios; de naciones que se olvidan de Dios; y de individuos quienes no tienen a Dios en todos sus pensamientos. Tales personas no se deleitan en Dios; y por lo tanto dicen, "Apártate de nosotros, Que no queremos el conocimiento de tus caminos" (Job 21:14). De tal ateísmo, el único remedio eficaz es un nuevo corazón. Por la sugestión ocasional de dudas ateísticas, con las cuales el pío puede ser acosado, el remedio es un estudio diligente de las obras y Palabra de Dios, y una observación cuidadosa de su mano en la Providencia, y un reconocimiento seguro y de mucha oración a él en todos nuestros caminos. Si andamos habitualmente con Dios, no dudaremos su existencia.

    La invisibilidad de Dios es uno de los obstáculos a el ejercicio de una fe viviente en su existencia. Podrá ayudar en remover éste obstáculo, en reflejár que la mente humana es también invisible; y todavía nunca dudamos que existe. Oyemos las palabras, y vemos las acciones de un compañero, y estos nos indican el carácter y el estado de su mente, de tal manera que excita en nosotros admiración o desprecio, amor o odio. Si, mientras escuchamos sus palabras, y observamos sus acciones, percibimos claramente la inteligencia de donde proceden estas palabras e acciones, ¿porqué no podemos con igual claridad, percibir la inteligencia de donde proceden los movimientos de la naturaleza? Si podemos conocer y admirar y amar a la mente invisible, es igualmente posible en conocer y admirar y amar a un Dios invisible.

(CONTINUAR A Capítulo II. Los Atributos De Dios

Tabla De Contenido