FE Y CERTEZA

John Charles Ryle

http://www.the-highway.com/assurance_Ryle.html

Traducido por Lasaro Flores 

 “He peleado la buena batalla, he acabado mi carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:7-8)

UNA esperanza asegurada, como Pablo lo expresa en 2 Timoteo 4:6-8, es una cosa verdadera y Bíblica. Yo lo sentaría completamente y anchamente, que un cristiano verdadero, un hombre convertido, puede alcanzar ese grado cómodo de fe en Cristo, que en general se sentirá enteramente seguro en cuanto al perdón y la seguridad de su alma, — que raramente será molestado con dudas, — raramente es distraído con la vacilación, — raramente es penado por interrogatorios ansiosos, — y, en corto, aunque enfadado por muchos conflictos interiores con el pecado, esperará la muerte sin temblor, y al juicio sin la consternación.

La inmensa mayoría de los del mundo se oponen a la doctrina de la certeza. De que ellos no lo pueden recibir ciertamente no es maravilla. Pero hay también algunos creyentes verdaderos que rechazan la certeza, o se retiran de ella como una doctrina peligrosísima. Ellos piensan que linda con la presunción. Ellos parecen pensar que es una humildad apropiada en nunca estar seguros, y para vivir en un cierto grado de la duda. Esto es de echar de menos, y hace mucho daño.

“La presunción", dice Adams, "es unido con la licencia de vida; la persuasión con una conciencia tierna: que osa pecar porque está seguro; este no se atreve por el temor de perder la certeza. La persuasión no peca, porque le costará a su Salvador tan estimado; la presunción peca, porque abunda la gracia. La humildad es el camino al cielo. Aquellos quienes son orgullosamente seguros de ir al cielo, no tan a menudo vienen allá como aquellos que tienen miedo de ir al infierno".

Permito francamente que haya algunas personas presuntuosas que profesan sentir una confianza por la cual no tienen autorización Bíblica. Siempre hay algunas personas que tienen una buena opinión de sí mismos cuando Dios piensa mal de ellos, así como hay quienes piensan mal de sí mismos cuando Dios piensa bien. Siempre habrá tales personas. Nunca mas habido una verdad Bíblica sin abusos y falsificaciones. La elección de Dios, la impotencia del hombre, la salvación por la gracia, todo son semejantes abusados. Siempre habrá fanáticos y entusiastas mientras el mundo exista. Pero, por todo esto, la certeza es una cosa verdadera, sobria, y real; y los hijos de Dios no deben permitirse que ellos sean llevados del uso de una verdad, solamente porque son abusadas.

Lector, puede estar seguro que Pablo era el último hombre en el mundo de construir su certeza en algo suyo. Él podría escribirse de sí mismo ser “el primero de los pecadores” (1 Timoteo 1:15), tenía un sentido profundo de su propia culpa y corrupción. Pero luego él todavía tenía un sentido más profundo de la longitud y la anchura de la justicia de Cristo imputada a él. Él, que lloraría, “¡Miserable hombre de mí!” (Romanos 7:24), tenía una vista clara de la fuente de maldad dentro de su corazón. Pero luego él tenía todavía una vista más clara de aquella otra Fuente que quita todo pecado y suciedad. Él, que se pensó ser “menos que el más pequeño de todos los santos” (Efesios 3:8), tenía un vivo y permaneciente sentimiento de su propia debilidad, pero él todavía tenía un sentimiento más vivo que la promesa de Cristo, que Sus ovejas “no perecerán jamás” (Juan 10:28), no podía ser quebrada. Pablo sabía, si jamás lo hizo el hombre, que él era una corteza pobre y frágil, flotando en un océano tempestuoso. Él vio, si cualquiera lo hizo, las ondas rodantes y la tempestad rugiente por el cual él era rodeado. Pero luego él apartó la mirada de sí mismo a Jesús, y no se atemorizaba. Él recordó de esa ancla dentro del velo, que es ambos seguro y fijo; — él recordó la palabra, y la obra, y la intercesión constante de Aquél quien lo amaba y se entrego a sí mismo por él. Y esto era, y nada más, que lo permitió a decir tan bravamente, "Una  corona me esta guardada para mí, y el Señor me la dará"; y para concluir tan seguramente, "El Señor me preservará: Yo nunca seré confundido".

No continuaré más tiempo en esta parte del tema. Sigo a la segunda cosa, es decir, que un creyente quizás nunca llegará a esta esperanza asegurada, la cual Pablo expresa, y todavía ser salvo.

Yo concedo esto muy libremente. Yo no lo disputo por un momento. Yo no desearía de hacer un corazón contrito triste que Dios no ha hecho triste, ni desalentar a un hijo desmayo de Dios, ni para dejar la impresión que los hombres no tienen parte ni suerte en Cristo, a menos que ellos sientan la certeza.

Una persona puede tener la fe que salva en Cristo, y más nunca disfrutar de una esperanza asegurada, como el apóstol Pablo. En creer y tener una esperanza vacilante de ser aceptado es una cosa; en tener gozo y paz en nuestro creer, y abundar en la esperanza, es completamente otro cosa. Pienso que esto nunca debe de ser olvidado. Yo no me encojo de decir, que por gracia un hombre puede tener suficiente fe para huir a Cristo; suficiente fe para realmente agarrarse de Él, para confiar realmente en Él, — ser realmente un hijo de Dios, — ser salvo realmente; y todavía hasta su último día nunca ser libre de mucha ansiedad, la duda y el temor.

"Una carta," dice un escritor anciano, "puede ser escrita, que no es sellada; así la gracia puede ser escrita en el corazón, mas el Espíritu no pondrá el sello de la certeza en el".

Un hombre puede ser un bebé en la familia de Cristo; pensar como un bebé, hablar como un bebé; y aunque salvo, nunca disfrutar de una esperanza viva, ni conocer los privilegios verdaderos de su herencia.

Lector, no equivoque mi significado, mientras me oye enfatizar sobre la certeza. No me haga la injusticia en decir, Yo les dije que ninguno será salvo a menos que puedan decir con Pablo, "Yo sé y estoy persuadido. . . Hay una corona guardada para mí". Yo no digo eso. Yo le dije nada de tal cosa.

Un hombre tiene que tener fe en el Señor Jesucristo, más allá de toda pregunta, si él ha de ser salvo. Yo no sé de ninguna otra manera de acceso al Padre. Yo no veo ninguna intimación de misericordia, excepto por Cristo. Un hombre tiene que sentir sus pecados y estado perdido, tiene que venir a Jesús para el perdón y la salvación, tiene que descansar su esperanza en Él, y en Él sólo. Pero si él sólo tiene fe para hacer esto, por débil y feble que sea esa fe, comprometeré, con autorizaciones de la Escritura, él no perderá el cielo.

Nunca, nunca mutilaremos la liberalidad del Evangelio glorioso, ni trasquilamos sus proporciones justas. Nunca haremos la puerta más estrecha y el camino más angosto que la soberbia y el amor al pecado ya lo han hecho. El Señor Jesús es muy lastimoso, y de misericordia tierna. Él no considera la cantidad de la fe, sino la calidad. Él no mide su grado, sino su verdad. Él no quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo que humea. Él nunca permitirá que sea dicho que alguno pereció al pie de la cruz. “Al que a mí viene”, dice Él, “yo no le echo fuera” (Juan 6:37).

Sí, lector, aunque la fe de un hombre no es más grande que un grano de la semilla de la mostaza, si sólo lo trae a Cristo, y lo capacita a tocar el ribete de Su prenda de vestir, él será salvo, tan seguramente salvo como el santo más viejo en el paraíso; salvo tan completamente y eternamente como Pedro, o Juan, o Pablo. Hay grados en nuestra santificación. En nuestra justificación hay ninguno. Lo qué es escrito, es escrito, y nunca fallará: “Todo aquel que en Él creyere”, — no quienquiera tenga una fe fuerte y poderosa, sino, “Todo aquel que en Él creyere, no será avergonzado” (Romanos 10:11).

Pero en todo este tiempo, yo le tendría que atendiera, el alma pobre quizás no tendrá certeza plena de su perdón y aceptación con Dios. Él puede ser molestado con temor sobre temor, y duda sobre duda. Él puede tener muchas preguntas, y muchas ansiedades, — muchas luchas, y muchas aprensiones, — nubes y oscuridad, tormentas y tempestades hasta el mismo fin.

Afirmaré, lo repito, que la pura fe sencilla en Cristo salvará a un hombre, aunque él nunca quizás alcanzará a la certeza; pero yo no afirmaré que lo traerá al cielo con consuelos fuertes y abundantes. Afirmaré que lo aterrizará sin peligro en el puerto; pero yo no afirmaré que él entrará ese puerto con la vela llena, confiado y regocijándose. Yo no sería sorprendido si él alcanza su refugio deseado deteriorado y tirado de tempestades, apenas dándose cuenta de su propia seguridad, hasta que él abra los ojos en la gloria.

Lector, creo que es de gran importancia de mantener en vista la distinción entre la fe y la certeza. Ello explica las cosas que en veces un inquiridor de la religión encuentra duramente para comprender.

La fe, vamos a recordar, es la raíz, y la certeza es la flor. Indudablemente, nunca puede tener la flor sin la raíz; pero no es menos cierto que puede tener la raíz y no la flor.

La fe es aquella pobre mujer tembladora que vino detrás de Jesús en la multitud y tocó su manto (Marcos 5:27). La certeza es Esteban parado calmamente en medio de sus asesinos, y diciendo, “¡Veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre en pie a la diestra de Dios!”

La fe es el ladrón penitente, clamando, “Señor, acuérdate de mí” (Lucas 23:42). La certeza es Job, sentando en el polvo, cubrido de llagas, y diciendo, “Yo sé que mi Redentor vive” (Job 19:25). “Aunque Él me matare, en Él esperaré” (Job 13:15).

La fe es el grito de Pedro al ahogarse, cuando comenzó a hundirse: “¡Señor, sálvame!” (Mateo 14:30). La certeza es ese mismo Pedro declarando antes del Concilio después de tiempos, “Este Jesús es la piedra reprobada de vosotros los edificadores, la cual es puesta por cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que debamos ser salvos” (Hechos 4:11-12).

La fe es la voz ansiosa y temblorosa, “Señor, creo, ayuda mi incredulidad” (Marcos 9:24). La certeza es el desafío seguro, “¿Quién acusará a los escogidos de Dios?... ¿Quién es el que condenará?” (Romanos 8:33,34).

La fe es Saulo orando en la casa de Judas en Damasco, doloroso, ciego, y solo (Hechos 9:11). La certeza es Pablo, el preso anciano, mirando calmamente a la tumba, y diciendo, “Yo sé a quien he creído… me está guardada la corona de justicia” (2 Timoteo 1:12, 4:8).

La fe es la vida. ¡Cuán grande la bendición! ¿Quién puede descubrir el golfo entre la vida y la muerte? Y todavía la vida puede ser débil, enferma, sin salud, dolorosa, probadora, ansiosa, gastadora, pesada, sin alegría, sin sonrisa hasta el mismo final.

La certeza es más que la vida. Es salud, fuerza, poder, vigor, actividad, energía, masculinidad, belleza.

Lector, no es una pregunta de ser salvo ni de no ser salvo que esta delante de nosotros, sino del privilegio o ningún privilegio. No es una pregunta de paz o de ninguna paz, sino de mucha paz o de poquita paz. No es una pregunta entre los vagabundos de este mundo y la escuela de Cristo: es una que pertenece sólo a la escuela: — es de entre la primera forma y el último.

El que tiene fe hace bien. Feliz debe ser, si pensara que todos los lectores de este artículo la tienen. Benditos, tres veces benditos son aquellos que creen. Ellos son salvos. Ellos son lavados. Ellos son justificados. Ellos están más allá del poder del infierno. Satanás, con toda su malicia, nunca los arrancará de la mano de Cristo.

Pero él que tiene la certeza hace mucho más mejor, — ve más, siente más, sabe más, disfruta más, tiene más días como aquellos de los cuales se hablada en Deuteronomio 11:21, aún “como los días de los cielos sobre la tierra”.