LA GRACIA DE DIOS
Por A.
W.
Pink
Esta
perfección del carácter divino es ejercida sólo
para con los
elegidos. Ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento se menciona
jamás la
gracia de Dios en relación con el género humano en
general, y mucho menos en
relación con otras de sus criaturas. En esto se distingue de la “misericordia”, porque ésta es “sus misericordias sobre todas sus obras”
(Salmo 145:9). La gracia es la única fuente de la cual fluye la
buena voluntad,
el amor y la salvación de Dios para sus escogidos. Abraham
Booth, en su libro “El
Reino de la Gracia”, describe así este atributo del
carácter divino: “Es el
favor eterno y totalmente gratuito de Dios, manifestado en la
concesión de
bendiciones espirituales y eternas a las criaturas culpables e
indignas”.
La
gracia divina es el favor soberano y salvador de Dios, ejercido en la
concesión de bendiciones a los que no tienen mérito
propio, y por las cuales no
se les exige compensación alguna. Más aún; es el
favor que Dios muestra a
aquellos que, no sólo no tienen méritos en sí
mismos, sino que, además, merecen
el mal y el infierno. Es completamente inmerecida, y nada que pueda
haber en
aquellos a quienes se otorga puede lograrla. La gracia no puede ser
comprada,
lograda ni ganada por la criatura. Si lo pudiera ser, dejaría de
ser gracia.
Cuando se dice de una cosa que es de “gracia”, se quiere
decir que el que la
recibe no tiene derecho alguno sobre ella, que no se le adeudaba. Le
llega como
simple caridad, y, al principio, no la pidió ni la deseó.
La
exposición más completa que existe de la asombrosa gracia
de Dios se
halla en las epístolas del apóstol Pablo. En sus
escritos, la gracia se muestra en directo contraste
con las obras y méritos, todas las
obras y méritos, de cualquier clase o grado que sean. Esto
aparece claro y
concluyente en Romanos 11:6: “Y si por
gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y
si por obras,
ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra”. La
gracia y las obras
no pueden mezclarse, como tampoco pueden la luz con las tinieblas “Porque gracia sois salvos por medio de la
fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que
nadie se
gloríe” (Efesios 2:8,9). El favor absoluto de Dios no
es compatible con el
mérito humano; ello sería tan imposible como mezclar el
agua y el aceite:
veamos Rom. 4:4,5. “Ahora bien, al que
obra no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda. Pero al
que no
obra, pero cree en Aquél que justifica al impío, su fe le
es contada por
justicia”.
La
gracia divina tiene tres características principales. En primer
lugar, es eterna. Fue ideada antes de
ser empleada, propuesta antes de ser impartida: “Quien
nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a
nuestras
obras, sino según su propósito y gracia, la cual nos fue
dada en Cristo Jesús
desde antes del principio de los siglos” (2Timoteo 1:9). En
segundo lugar,
es gratuita, ya que nadie jamás la
adquirió: “Siendo justificados
gratuitamente por su gracia” (Romanos 3:4). En tercer lugar
es soberana, puesto que Dios la ejerce y la
otorga a quien él quiere: “Para que... la
gracia reine” (Romanos 5:21). Si la gracia “reina”,
es que está en el trono, y el que ocupa el trono es
soberano. De ahí “al trono de la gracia”
(Hebreos 4:16).
La
gracia, al ser un favor inmerecido, ha de ser concedida de una manera
soberana. Por ello declara el Señor: “Tendré
misericordia del que tendré misericordia”
(Éxodo 33:19). Si Dios mostrara
su gracia para con todos los descendientes de Adán, éstos
llegarían en seguida
a la conclusión de que Dios estaba obligado a llevarles al cielo
como
compensación por haber permitido que la raza humana cayera en
pecado. Pero el
gran Dios no está obligado para con ninguna de sus criaturas, y
mucho menos
hacia las que le son rebeldes.
La
vida eterna es una dádiva,
y por, lo tanto, no puede conseguirse por las obras, ni reclamarse como
un
derecho. Si, pues, la salvación es una dádiva,
¿quién tiene derecho alguno para
decir a Dios a quien debería concederla? Y no es que el bendito
Dador niegue
este don a quien lo busca con todo el corazón, y según
las reglas que él ha
prescrito. No, él no rechaza a nadie que vaya con manos
vacías y por el camino
que ha establecido. Pero si Dios decide ejercer su derecho soberano de
escoger
de entre un mundo lleno de pecadores e incrédulos un
número limitado para
salvación, ¿quién puede sentirse perjudicado?
¿Está obligado Dios a dar por la
fuerza su dádiva a aquellos que no la aprecian?
¿Está obligado a salvar a los
que han resuelto seguir sus propios caminos?
Así
y todo, nada hay que ponga más furioso al hombre natural y que
más
saque a la superficie su enemistad innata arraigada contra Dios, que el
hacerle
ver que su gracia es eterna, gratuita y absolutamente soberana. Para el
corazón
no quebrantado es demasiado humillante el aceptar que Dios formó
su propósito
desde la eternidad, sin consultar para nada a la criatura. Para el que
se cree
recto es demasiado duro el creer que la gracia no puede conseguirse ni
ganarse
por el propio esfuerzo. Y el hecho de que la gracia separa a los que
quiere
para hacerles objeto de sus favores provoca las protestas acaloradas de
los
rebeldes orgullosos. El barro se levanta contra el Alfarero y pregunta:
“¿Por
qué me has hecho tal?” El rebelde desaforado se atreve a
disputar la justicia
de la soberanía divina.
La
gracia distintiva de Dios se muestra al salvar a los que él, en
su
soberanía, ha separado para ser sus predilectos. Por
“distintiva” entendemos la
gracia que distingue, que hace diferencia, que escoge a algunos y pasa
por alto
a otros. Fue esta gracia la que sacó a Abraham de entre sus
vecinos idólatras,
e hizo de él “el amigo de Dios”.
Fue
esta gracia la que salvó a “publicanos y
pecadores”, y dijo de los
fariseos religiosos “dejadlos” (Mateo
15:14). La gloria de la gracia gratuita y soberana de Dios brilla de
manera
visible más que en ninguna otra parte, en la indignidad y
diversidad de los que
la reciben.
“Cuando el pecado abundó”
(dice la proclamación del tribuno celestial),
“sobreabundó la gracia” Romanos 5:20. Manases
fue un monstruo de crueldad porque pasó a su hijo por fuego y
llenó a Jerusalén
de sangre inocente, fue un maestro de iniquidad porque, no sólo
multiplicó, y
hasta extremos extravagantes, sus impiedades sacrílegas, sino
que corrompió los
principios y pervirtió las costumbres de sus súbditos,
haciéndoles obrar peor
que los idólatras paganos más detestables; véase
2Crónicas 33. Con todo, por
esta gracia superabundante, fue humillado, fue regenerado, y vino a ser
un hijo
perdonado por amor, un heredero de la gloria inmortal.
“Consideremos
el caso de Saulo, el perseguidor cruel y encarnizado que
vomita amenazas, dispuesto a hacer una carnicería, acosando a
las ovejas y
matando a los discípulos de Jesús. La desolación
que había causado y las
familias que había arruinado no eran suficientes para calmar su
espíritu
vengativo. Eran sólo como un sorbo que, lejos de saciar al
sabueso, le hacía
seguir el rastro más de cerca y suspirar más
ardientemente por la destrucción.
Estaba sediento de violencia y muerte. Tan ávida e insaciable
era su sed que
incluso respiraba amenazas y muerte
(Hechos 9:1). Sus palabras eran como lanzas y flechas, y su lengua como
espada
afilada. Amenazar a los cristianos era para él natural como el
respirar. En los
propósitos de su corazón rencoroso no había sino
deseo de exterminio. Y sólo la
falta de más poder impedía que cada sílaba y cada
aliento que salía de su boca
no esparcieran más muerte, y no hiciera caer más
discípulos inocentes. ¿Quién,
según los principios de justicia humana, no le hubiera declarado
vaso de ira
preparado para una condenación inevitable? Más aun:
¿quién no hubiera llegado a
la conclusión de que, para este enemigo implacable de la
verdadera santidad,
estaban reservadas forzosamente las cadenas más pesadas y la
mazmorra más
oscura y angustiosa? Con todo, admiremos y adoremos los tesoros
insondables de
la gracia; este Saulo fue admitido en la compañía bendita
de los profetas, fue
contado entre el noble ejército de los mártires, y
llegó a ser figura destacada
entre la gloriosa comunión de los apóstoles.
Veamos
otro ejemplo: La maldad de los
corintios era proverbial. Algunos de ellos se revolcaban en el
cieno de
vicios tan abominables, y estaban acostumbrados a actos de injusticia
tan
violentos, que eran reprochables incluso para la naturaleza humana. Con
todo,
aun estos hijos de violencia, estos esclavos de la sensualidad, fueron
lavados,
santificados y justificados (1Corintios 6:9-11). “
La
gracia de Dios se manifiesta en el Señor Jesucristo, por
él y a
través de él. “Porque la ley por
Moisés
fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo” (
La
gracia de Dios es proclamada
en el Evangelio (Hechos 20:24), que es “piedra
de tropiezo” para el judío que se cree justo, y “locura” para el griego vano y
filósofo. ¿Cuál es la razón? La de
que en el Evangelio no hay nada en absoluto que halague el orgullo del
hombre.
Anuncia que no podemos ser salvos si no es por gracia. Declara que,
fuera de
Cristo, don inefable de la gracia de Dios, la situación de todo
hombre es
terrible, irremediable, sin esperanza. El evangelio habla a los hombres
como a
criminales culpables, condenados y muertos. Declara que el más
honesto de los
moralistas está en la misma terrible condición que el
más voluptuoso libertino;
que el religioso más vehemente, con todas sus obras, no
está en mejor situación
que el infiel más profano.
El
Evangelio considera a todo descendiente de Adán como pecador
caído,
contaminado, merecedor del infierno y desamparado. La gracia que
anuncia es su única
esperanza. Todos aparecen delante de Dios convictos de
trasgresión de su santa
ley, y, por lo tanto, como criminales culpables y condenados; no
esperando a
que se dicte la sentencia, sino aguardando la ejecución de la
sentencia dictada
ya contra ellos (
La tercera Persona de la divinidad es el comunicador
de la gracia, por lo cual se le denomina el “Espíritu
de gracia” (Zac 12:10). Dios Padre es la fuente de toda
gracia, porque
designó el pacto eterno de redención. Dios Hijo es el
único canal de la gracia.
El Evangelio es el promulgador de la gracia. El Espíritu es
dador o aplicador.
El es quien aplica el Evangelio con poder salvador al alma: vivificando
a los
elegidos cuando todavía están muertos, conquistando sus
voluntades rebeldes,
ablandando sus corazones duros, abriendo sus ojos enceguecidos,
limpiándoles de
la lepra del pecado.
De
ahí que podamos decir, como G.S. Bishop: “La gracia es la
provisión
para hombres que están tan caídos que no pueden levantar
el hacha de justicia,
tan corrompidos que no pueden cambiar sus propias naturalezas, tan
opuestos a
Dios que no pueden volverse a él, tan ciegos que no le pueden
ver, tan sordos
que no le pueden oír, tan muertos que él mismo ha de
abrir sus tumbas y
levantarlos a la resurrección”.