Gracia Irresistible

Por Juan Murray

Tradaucido por Lasaro Flores

MINISTERIO TODO DE GRACIA


Con respecto a todos los aspectos de donde la gracia salvadora de Dios puede ser vista siempre debemos tener en cuenta la realidad y la gravedad del pecado. La salvación que Dios ha proporcionado es más que la salvación del pecado y sus consecuencias. Su diseño abraza las riquezas eminentes de la gracia de Dios y contempla el destino concebible más alto que podría ser concedido sobre las criaturas, la conformidad a la imagen del propio Hijo de Dios para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos (compare Romanos 8:29). Pero no tal destino podría ser imaginado ni podría ser logrado sin la salvación del pecado en todas sus ramificaciones y obligaciones. Para ser salvación a debe ante todo ser salvación de.

No podemos valorar la gravedad del pecado a menos que escudriñamos lo que es central en su definición. Si decimos que el pecado es el egoísmo indicamos algo que pertenece al carácter del pecado, especialmente si pensamos de auto-centrado e interpretamos esto como implicando el culto de uno mismo antes que del Creador (compare Romanos 1:25). La iniquidad del pecado con ello es revelada. Otra vez, si decimos que el pecado es la afirmación de la autonomía humana contra la soberanía de Dios estamos diciendo algo pertinente. El pecado es precisamente eso, y se hizo patente en Edén cuando el pecado de nuestra raza empezó.  

Pero tenemos que preguntar: ¿Son éstos analizases suficientes? Para ponerlo de otro modo: ¿No justifica la Escritura y obliga una descripción más penetrante? Cuándo Pablo dice que “la mente carnal es enemistad contra Dios” (Romanos 8:7), él seguramente nos ha proporcionado con lo que es último en la definición del pecado. El pecado es la contradicción de Dios, la contradicción a lo largo de la línea de la gloria extraordinaria y esencial de Dios. Nada es más relacionado a la gloria de Dios que su verdad; Él es verdad. El tentador estaba bien enterado de esto y así que su estrategia fue encuadrada por consiguiente. A la mujer le dijo: No moriréis (Génesis 3:4). Esto fue contradicción patente de la veracidad de Dios. Cuándo la mujer accedió a esta contradicción su integridad desplomó y ella llegó a ser cautiva al pecado. La acusación de nuestro Señor del tentador está al efecto que su propia caída de la integridad era del mismo carácter como aquella por la cual él sedujo a Eva. "Él ha sido homicida desde el principio, y no permaneció en la verdad porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla, porque es mentiroso y padre de mentira" (Juan 8:44).  

Sí, la esencia del pecado es de estar contra Dios (compare Salmo 51:4); es la contradicción de Dios en la gama entera de su connotación y aplicación. Cuándo Pablo escribió, “la mente carnal es enemistad contra Dios”, él agregó, “porque no se sujeta a la ley de Dios” (Romanos 8:7). Es significativo que la ley de Dios debe ser especificada en esta conexión. La enemistad se manifiesta en el insujeción a la ley de Dios. Y no sólo eso. El insujeción puede ser dicho en constituir la enemistad, la contradicción. Porque la ley es la gloria de Dios viniendo a la expresión para la regulación del pensar, el hablar y la acción de acuerdo con la imagen en la que el hombre ha sido creado. Así que el pecado puede ser definido en términos de la ley como “transgresión” (1 Juan 3:4).  

La contradicción que el pecado propone a Dios y a Su voluntad, si no es descrito adecuadamente como resistencia, implica y es expresado en la resistencia. La Escritura a veces utiliza este término o sus equivalentes para expresar la actitud de la  incredulidad (compare Hechos 7:51; 13:45; Romanos 10:21; 2 Timoteo 3:8; Tito 1:9). Es obvio que el pecado consiste en la resistencia a la voluntad de Dios. Si los reclamos de Dios no eran resistibles, no habría pecado. Los reclamos de Dios vienen a la expresión en el evangelio y todo rechazo del evangelio y de sus demandas es resistencia. En el evangelio tenemos la revelación suprema de la gracia de Dios, y Cristo es la personificación de esa gracia. La gloria de Dios en ningún lugar es más brillante que en el rostro de Jesucristo. De ahí la incredulidad es resistencia de la gracia en el apogeo de su revelación y propuesta. Así que en decir que toda gracia es irresistible es de negar los hechos simples de observación y experiencia como también de la enseñanza de la Escritura. Esteban fue suficiente bravo para acusar a su audiencia incrédula con resistencia al Espíritu Santo: “Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros” (Hechos 7:51). Esto es la enormidad de la incredulidad; es la contradicción del pecado que se expresa en la resistencia a los reclamos y propuestas del amor y la gracia supremos. “Y ésta es la condenación; que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (John 3:19).  

Por lo tanto, cuando nosotros hablamos de la gracia irresistible, no es de afirmar que toda gracia es irresistible, ni es de negar las referencias innumerables en los que la gracia es resistida y es resistida a la culminación de resistencia en la condena eterna. De hecho la verdad de y de la necesidad para la gracia irresistible puede ser más convincentemente demostrada en la premisa de la gracia resistible. La enemistad del corazón humano es más virulenta en el punto de la revelación suprema de la gloria de Dios. Tan profundamente arraigado y persistente es la contradicción que el Salvador como la personificación de gracia es rechazado. Es cuando reconocemos esto que la necesidad para la gracia irresistible es percibida.

En mucho del evangelismo actual es asumido que la una cosa que el hombre puede hacer en el ejercicio de su propia libertad es de creer en Cristo para la salvación. Es supuesto que esto es la una contribución que el hombre mismo debe hacer para poner las fuerzas de la salvación en operación y que aún Dios mismo no puede hacer nada hacia este fin hasta que hay esta decisión crucial en la parte propia del hombre. En esta evaluación hay un fracaso total de tener en cuenta la depravación humana, con la naturaleza de la contradicción que el pecado implica. Pablo nos dice que no sólo es la mente de la carne insujeta a la ley de Dios pero también que no puede ser (Romanos 8:7). Esta imposibilidad extiende al evangelio también. Es la implicación de la otra palabra de Pablo que “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura; y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:14). Pero a esta verdad tenemos el testigo más señalado expreso de nuestro Señor mismo. “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan 6:44); “ninguno puede venir a mí, si no le es dado de mi Padre” (Juan 6:65). Aquí está al testigo de Él que conoce lo que está en el hombre y quien conoce al Padre como el Padre lo conoce. Y esto es al efecto que es una imposibilidad espiritual  y moral para un hombre venir a Él a menos por el don gratis del Padre en Su tiro secreto y eficaz.

Las palabras anteriores de nuestro Señor deben ser coordinadas con otras en el mismo contexto. “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, yo no le echo fuera” (Juan 6:37). El dar de la parte del Padre en este texto ha sido comprendido como la elección en Cristo antes de la fundación del mundo (compare Efesios 1:4, 5) o, por lo menos, en términos de dar al Hijo correlativo con o de fluir de la elección. Pero esto no parece en ninguna manera ser la acción del Padre que se refiere en el texto. Hay dos razones por esta conclusión. Primero, en otra parte de este Evangelio, cuando Jesús habla de esos dados a Él por el Padre, ellos son identificados como esos dados a Él del mundo, como los que habían cumplido Su palabra, como los que habían sabido que todas cosas dadas a Él fue del Padre, como los que habían recibido las palabras dadas a Él y habían venido a conocer la verdad que Él, Jesús, había venido del Padre (Juan 17:6-8). Estas caracterizaciones requieren mucho más que la elección antes que la fundación del mundo; ellas implican una relación de fe. Segundo, en el contexto más inmediato Jesús se esta refiriendo al tiro eficaz y el dar en la parte del Padre (Juan 6:44, 65). Así que debemos concluir que el dar es el dar que ocurre en las operaciones actuales de gracia, definido más específicamente como el tiro y el dar en el reino del conocimiento. Las limitaciones de la gracia del Padre en los corazones de los hombres son concomitantes con o, quizás, pueden ser interpretados como el donativo en la parte del Padre al Hijo. Dios el Padre trae a los hombres, fija limitaciones santas sobre ellos, los llama a la confraternidad de su Hijo, y los presenta a Cristo como trofeos de la redención que Cristo mismo ha cumplido.

Esta limitación ha sido llamada "eficaz". Ninguna otra inferencia podría ser sacada razonablemente de Juan 6:44, 45. Jesús habla de venir a Él, eso es, del compromiso de fe y de la imposibilidad aparte del tiro del Padre. En hacer la excepción es seguramente implicado que cuando el Padre trae la excepción ocurre— la persona traída vendrá. Además, ofendería en contra todo que puede ser concebido en cuanto a la naturaleza y la intención del traer y el dar del Padre en términos de los versículos 44, 65 en pensar de estas acciones como ineficaz. Pero Juan 6:37 pone esto más allá de toda pregunta: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí”. Jesús no dice: todos los que el Padre me da son traídos a mí. Él utiliza el término que denota movimiento de la parte de la persona—“vendrá a mí”. Venir a Cristo es el movimiento de compromiso a Cristo, viniendo que compromete la actividad del alma entero de la persona que viene. No es que él puede venir, no que él tiene la oportunidad de venir, no que él en toda probabilidad vendrá, y no simplemente que él es habilitado a venir, pero que él vendrá. Hay una certeza absoluta. Hay una necesidad divina; el mandato del cielo asegura la sucesión.  

Es una imposibilidad espiritual y moral para una persona venir a Cristo aparte del tiro del Padre. Lo qué encontramos ahora es que es una imposibilidad espiritual y moral que una persona dada por el Padre al Hijo que no venga. Hay por el juicio de Jesús la conjunción invariable de estas dos clases diversas de acción—“Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí”. Hay una eficacia invencible en la acción del Padre y esto significa gracia irresistible.

La realidad de tal gracia es inscrita en las palabras de Jesús. Pero la enseñanza también señala a la necesidad. La premisa de la enseñanza de nuestro Señor es la imposibilidad de fe cuando sólo la agencia humana obtiene. La agencia del Padre es interpuesta para encontrar esta imposibilidad y la imposibilidad establece la indispensabilidad de la interposición.  

Hasta aquí la atención ha sido enfocada sobre la acción de Dios el Padre en la limitación que sale a fe. Es sumamente importante que este énfasis de la Escritura deba ser apreciada. De otro modo deshonramos a Dios el Padre y nuestra vista de las provisiones de la salvación son retorcidos gravemente. El amor del Padre es la fuente de donde todos los actos y procesos de la redención continúan. Pero también debemos reconocer que en el principio de la salvación en posesión están en las operaciones de la gracia de las cuales el Padre es el Agente. Él es quien llama eficazmente a la confraternidad de su Hijo (compare Romanos 8:28, 30; 1 Corintios 1:9; Gálatas 1:15, 16; Efesios 1:18) y Él trae a los hombres al Salvador. Cuándo los pecadores experimentan primero la atracción invencible del Redentor, están embelesado por su belleza, e invierten su todo en Él, es porque el Padre ha hecho un donativo a su propio Hijo y colocado sobre los hombres una limitación irresistible. Para imaginar todo esto como menos que la gracia irresistible es de negar su carácter e impugnar la eficacia de la voluntad del Padre.  

Normalmente en la teología, la gracia irresistible ha sido pensada encontrar su foco en la regeneración, y la regeneración es específicamente el acto del Espíritu Santo (compare Juan 3:3-8). Sería fácil de decir que las acciones del Padre referidas anteriormente son maneras simplemente diferentes de expresar la regeneración. Esto es demasiado simplista y falla de tener en cuenta la multiplicidad de las operaciones de gracia. En el diseño de la salvación hay una economía. En el cumplimiento total de una vez de la redención hay una economía. Eso es, hay las funciones distinguidas y específicas de las personas distintas de la Divinidad. Hay también la economía en la aplicación de la redención y debemos tomar en plena cuenta la diversidad implicada. Igualar las acciones del Padre con regeneración es de ignorar la diversidad; con lo cual nuestra teología es truncada y nuestra fe privada de las riquezas que la economía requiere.

La regeneración es específicamente la obra del Espíritu Santo, y nuestra apreciación de la economía de salvación demanda que lo honramos en las funciones distintivas que Él realiza.

Ningún ingrediente en el múltiple de las operaciones salvadoras de Dios soportan más pertinentemente en el tema de la gracia irresistible que la regeneración. Otra vez, la enseñanza de nuestro Señor propio es básica. “El que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios… que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:3, 5). La imposibilidad que encontramos antes con respecto a la fe parece aquí con respecto a la comprensión de y de la asociación en el reino de Dios, y del nacimiento de arriba, de agua, y del Espíritu es la interposición que encuentra la impotencia humana. No puede ser preguntado que la evaluación de nuestro Señor de la situación del hombre es la incapacidad total con respecto a lo que es más relacionado a su bienestar y es en el mismo sentido como la acusación de Pablo del hombre natural (1 Corintios 2:14).

La provisión de gracia parece en esta conexión, como en Juan 6:44, 65, en la excepción, nacido de arriba, de agua, y del Espíritu, la excepción que asegura la comprensión de y de la asociación en el reino de Dios. Y la certeza de este resultado es implicada no sólo en el “el que no” de los versículos 3 y 5 pero es afirmado expresamente en el versículo 6: “Lo que es nacido del Espíritu, espíritu es”, una nueva persona morada, dirigida, y controlada por el Espíritu Santo.  

Es solo en Juan que es registrado para nosotros el discurso del Señor con Nicodemo. El efecto profundo que esta enseñanza impresionó en el pensamiento de Juan es mostrado en su primera epístola. En seis ocasiones referencias a la regeneración ocurren (1 Juan 2:29; 3:9; 4:7; 5:1, 4, 18). Pertinente a nuestro interés presente es el énfasis sobre la concomitancia invariable del nacimiento de Dios y la nueva vida. “Todo aquel que es nacido de Dios, no peca… y no puede pecar, porque es nacido de Dios” (3:9). “Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo” (5:4). “Cualquiera que es nacido de Dios, no peca…y el maligno no le toca” (5:18). Así que la persona nacida o engendrada de Dios ya no vive más en el pecado sino que tiene la victoria, en una palabra, es convertida.

Cuándo estos datos son colocados en contraste con la imposibilidad de la cual nuestro Señor habló con Nicodemo, la única inferencia es que el nuevo nacimiento es invenciblemente eficaz y esto es de sólo afirmar la gracia irresistible.  

Es significativo que en el prólogo del Evangelio de Juan allí ocurren las palabras, “Los cuales son engendrados, no de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:13). Los negativos cumulativos refuerzan lo positivo y la lección es que es del monergismo divino. No es lo que el hombre hace sino lo que Dios realiza y Dios solo con exclusión de toda volición o agencia humanas. El mismo monergismo es patentado en la propia enseñanza de nuestro Señor. En Juan 3:3-8 no podemos suprimir la analogía sobre las cuales el idioma de la regeneración voltea. Cuando una persona es engendrada o nacido según la carne, no es porque él o ella decidieron para este acontecimiento. Fue enteramente por la volición y la agencia de otros. Así en el nuevo nacimiento. Y por cuya voluntad y agencia no es dejada en ninguna duda. El Espíritu Santo es el agente y Él solo. En términos del versículo 3 la acción es sobrenatural, en términos del versículo 5 es por la purificación e impartición radicales, en términos del versículo 6 son invenciblemente determinativas, en términos del versículo 8 son misteriosos y soberanamente efectivo.

¿Por qué debe haber cualquier desgana de aceptar la verdad de la gracia irresistible? Es la interposición de Dios de hacer para nosotros lo que nosotros no podemos hacer de nosotros mismos. Es la gracia admirable de Dios de encontrar nuestra impotencia desesperada. Aquí está el evangelio de la misericordia soberana. En el evangelismo es la única esperanza de su éxito para la salvación de las almas perdidas. El Espíritu Santo acompaña la proclamación del evangelio con Su demostración y poder soberanos. El perdido nace del Espíritu y el fruto es para la santidad y el fin la vida eterna.  

A concluir, regresamos a Juan 6:37, 44, 65. Cuándo un pecador viene a Cristo en el compromiso de fe, cuando la voluntad rebelde es renovada y las lágrimas de penitencia comienzan a fluir, es porque una transacción misteriosa ha estado sucediendo entre las personas de la Divinidad. El Padre ha estado haciendo una presentación, un donativo a su propio Hijo. Así que perezca el pensamiento que viniendo a Cristo encuentra su explicación en las determinaciones autónomas de la voluntad  humana. Ella encuentra su causa en la voluntad soberana de Dios el Padre. Él ha colocado sobre esta persona la limitación por la cual él ha sido cautivado por la gloria del Redentor y ha investido en él todos Sus intereses. Cristo es hecho sabiduría de Dios, justicia, santificación, y redención. Aquí está la gracia que supera; y es gracia insuperable.