"Porque por gracia sois salvos por medio de la
fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios." -- Efesios 2:8
Este versículo es un resumen de todas las cosas
que
les he predicado todos estos años. Dentro del círculo de
estas palabras está
contenida toda mi teología relativa a la salvación de los
hombres. Me gozo
también al recordar que los miembros de mi familia que me han
precedido en el
oficio de ministros de Cristo, han predicado esta doctrina y ninguna
otra.
Mi padre, que todavía es capaz de dar su testimonio personal por
el Señor, no
conoce ninguna otra doctrina, como tampoco mi abuelo conoció
ninguna otra
doctrina
Recuerdo todo esto por el hecho que una circunstancia más bien
singular,
grabada en mi memoria, nos vincula a mi abuelo y a mí a este
texto. Esto
ocurrió hace ya mucho tiempo. Yo era esperado para predicar en
un cierto pueblo
localizado en uno de los condados del oriente de Inglaterra. No siempre
sucede
que llego tarde, pues yo siento que la puntualidad es una de esas
pequeñas
virtudes que puede prevenir grandes pecados. Pero sucede que nosotros
no
tenemos ningún control acerca de las demoras de los trenes ni de
sus fallas
mecánicas. Así pues llegué con un considerable
retraso al lugar donde me
esperaban para predicar.
Como eran personas razonables, ya habían dado comienzo al
servicio y habían
progresado hasta el sermón. Conforme me aproximaba a la capilla,
me di cuenta
que alguien estaba predicando desde el púlpito, y
¿quién era el predicador?
¡Era mi querido y venerable abuelo! Él me vio entrar por
la puerta principal y
me siguió con la vista mientras yo me abría paso en medio
de la multitud, y de
inmediato dijo: "¡Aquí viene ya mi nieto! Él puede
predicar el Evangelio
mejor que yo, pero no puede predicar un mejor Evangelio; ¿No es
verdad,
Charles?" Mientras me abría paso entre la muchedumbre, yo le
respondí:
"Tú puedes predicar mejor que yo. Te ruego que
continúes." Pero él no
estuvo de acuerdo con mi petición. Yo debía tomar la
palabra en ese momento, y
así lo hice, continuando con el tema exactamente donde mi abuelo
lo había
dejado. "Precisamente," dijo él, "yo estaba predicando sobre la
frase 'Porque por gracia sois salvos.' He estado proclamando la fuente
y el
origen de la salvación; y ahora les estoy mostrando su canal, es
decir, por
medio de la fe. Ahora te toca continuar a ti."
Yo me siento como en mi casa en medio de todas estas gloriosas verdades
de tal
manera que no tuve ninguna dificultad en tomar el hilo del
sermón de mi abuelo
allí donde él lo dejó para unirlo a mi propio
hilo, y continuar la predicación
sin ninguna interrupción. Nuestra identificación mutua
con las cosas de Dios,
hizo fácil y posible que fuéramos predicadores conjuntos
del mismo sermón.
Yo continué la predicación del sermón a partir de
"por medio de la
fe," y después proseguí al siguiente punto, "y esto no de
vosotros." En ese momento, cuando estaba explicando la debilidad y la
incapacidad de la naturaleza humana, y la certidumbre que la
salvación no podía
ser de nosotros, mi querido abuelo me hizo una seña jalando de
mi saco y tomó
nuevamente su turno en la predicación. "En relación al
tema de nuestra naturaleza
humana depravada," dijo el buen anciano, "yo conozco casi todo acerca
de eso, queridos amigos"; así que tomó la palabra, y por
los siguientes
cinco minutos hizo una solemne y humilde descripción de nuestro
estado caído,
la depravación de nuestra naturaleza y la muerte espiritual en
la que fuimos
encontrados.
Cuando hubo terminado su explicación hecha de una manera muy
interesante, el
nieto retomó la palabra, para gozo del querido anciano; pues,
cada vez y cuando
repetía en un tono lleno de ternura: "¡Muy bien!
¡Muy bien!" Una vez
dijo: "Repite eso una vez más, Charles," y, por supuesto, yo lo
repetí. Fue un feliz ejercicio para mí, que pudiera
participar en ese dar
testimonio de verdades tan vitales y que están muy grabadas en
mi corazón.
Al anunciar este texto me parece oír la querida voz de mi
abuelo, que hace
tanto tiempo se fue de esta tierra, diciéndome: "REPITE ESO UNA
VEZ
MÁS." Yo de ninguna manera contradigo el testimonio de nuestros
antepasados que ahora están con Dios. Si mi abuelo pudiera
regresar a la
tierra, me encontraría allí donde me dejó, firme
en la fe, y fiel a esa forma
de doctrina que ha sido una vez dada a los santos.
Voy a analizar el texto brevemente, haciendo unas cuantas
declaraciones. La
primera afirmación está claramente contenida en el texto:
I. HAY SALVACIÓN HOY. El apóstol dice: "sois
salvos."
No dice: "serán," o "ustedes pueden ser"; sino que dice:
"sois salvos." No dice: "ustedes son parcialmente salvos,"
ni tampoco "en vías de ser salvos," ni tampoco "esperanzados en
la salvación"; sino que dice: "por gracia sois salvos." Que este
punto nos quede tan claro como lo era para Pablo, y no debemos
descansar hasta
saber que somos salvos. En este instante o somos salvos o no somos
salvos. Eso
es claro. ¿A cuál de los dos grupos pertenecemos? Espero
que, por el testimonio
del Espíritu Santo, podamos recibir la seguridad de nuestra
salvación como para
cantar: "Jehová es mi fortaleza y mi cántico, y ha sido
mi
salvación." No me voy a detener en este punto, sino que voy a
pasar al
siguiente.
II. LA SALVACIÓN PRESENTE DEBE SER POR GRACIA. Si se
puede afirmar de
alguien, o de cualquier grupo de personas "tú eres salvo,"
debemos
agregar siempre las palabras "por gracia." No hay ninguna otra
salvación hoy excepto la salvación que comienza y termina
con la gracia. Hasta
donde yo sé, no hay nadie en el ancho mundo que pretenda
predicar o poseer una
salvación disponible hoy, excepto aquellos que creen que la
salvación es sólo
por gracia. Nadie en la Iglesia Católica afirma ser salvo ahora,
completamente
y eternamente salvo. Afirmar eso sería una herejía para
ellos. Algunos pocos
católicos pueden esperar entrar al cielo cuando mueran, pero la
mayoría de
ellos tienen el miserable prospecto del purgatorio ante sus ojos. Vemos
constantes solicitudes de oraciones a favor de las almas que han
partido, y
esto no sería necesario si esas almas fueran salvas, y
glorificadas con su
Salvador. Las misas por el reposo del alma apuntan a la
salvación incompleta
ofrecida por la Iglesia Católica. Y así es, puesto que la
salvación ofrecida
por el Papa es una salvación por obras, y aun si fuera posible
la salvación por
medio de buenas obras, ningún hombre puede estar seguro que ha
hecho
suficientes buenas obras para tener segura su salvación.
Entre las personas que habitan entre nosotros, encontramos a muchos
para
quienes la doctrina de la gracia es algo totalmente extraño, y
ellos no pueden
ni siquiera soñar acerca de la salvación disponible hoy.
Posiblemente confían
que pueden ser salvos cuando mueran; esperan a medias que
después de años de
una santidad vigilante, puedan tal vez ser salvos al final; pero ser
salvos
ahora, y saber que son salvos, es algo que está más
allá de ellos, y lo
consideran una presunción.
No puede haber salvación presente a menos que sea sobre esta
base: "por
gracia sois salvos." Es algo digno de nuestra atención que nadie
se ha
levantado para predicar la salvación que podemos recibir hoy por
medio de
obras. Pienso que sería algo demasiado absurdo. Puesto que las
obras no son terminadas,
la salvación es incompleta; o si la salvación fuera
completa, el principal
motivo del legalista se habría desvanecido.
La salvación debe ser por gracia. Si el hombre
está perdido por el
pecado, ¿cómo puede ser salvo excepto por medio de la
gracia de Dios? Si ha
pecado, el hombre está condenado; y ¿cómo es
posible que él, por sí mismo,
pueda revertir esa condenación? Supongan que él guarda la
ley todo el resto de
su vida. Él solamente habrá hecho lo que siempre estuvo
obligado a cumplir y
todavía sería un siervo inútil. ¿Qué
ocurrirá con su pasado? ¿Cómo pueden ser
borrados sus pecados? ¿Cómo puede ser rescatado de su
antigua ruina? De
conformidad con las Escrituras, y de acuerdo con el sentido
común, la salvación
sólo puede ser posible por medio de la gracia de Dios que es
inmerecida.
La salvación en el tiempo presente debe ser por el favor
inmerecido de Dios.
Las personas pueden pretender la salvación por obras, pero no
van a escuchar
que nadie apoye su propio argumento diciendo: "Yo soy salvo por lo que
he
hecho." Eso equivaldría a una superficialidad vacía a la
cual muy pocos
hombres recurrirían. El orgullo difícilmente
consideraría una presunción tan
extravagante. No, si somos salvos, debe ser por el favor inmerecido de
Dios.
Nadie profesa que sostiene el punto de vista opuesto.
Para que la salvación sea completa debe por ser por causa del
favor
inmerecido. Cuando los santos se mueren, nunca acaban sus vidas
esperanzados en sus buenas obras. Quienes han vivido las vidas
más santas y
útiles invariablemente miran la gracia inmerecida en sus
momentos finales.
Nunca he estado junto al lecho de algún hombre piadoso que haya
depositado toda
su confianza en sus oraciones, o en el arrepentimiento o en la
religiosidad. He
escuchado a hombres eminentemente santos que en su lecho de muerte
citan las
palabras: "Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los
pecadores."
De hecho, entre más se acercan los hombres al cielo y entre
más preparados
están para entrar en él, más plena es su confianza
en el mérito del Señor Jesús
y más intensamente aborrecen toda confianza en ellos mismos.
Si esto sucede en nuestros últimos momentos, cuando el conflicto
está casi
terminado, debemos sentir más aún que es así
mientras nos encontramos en lo
duro del combate. Si un hombre es salvo en este tiempo presente de
guerra,
¿cómo puede serlo si no es por medio de la gracia?
Mientras tiene que deplorar
el pecado que habita en él, mientras tiene que confesar
innumerables
deficiencias y trasgresiones, mientras el pecado esté mezclado
en todo lo que
hace, ¿cómo puede creer que es completamente salvo
excepto que se deba al
inmerecido favor de Dios?
Pablo se refiere a esta salvación como que ya pertenece a los
Efesios:
"por gracia sois salvos." Los Efesios eran dados a artes
exóticas y trabajos
de adivinación. Por tanto habían hecho un pacto con los
poderes de las
tinieblas. Ahora, si gente como esa fue salvada, tiene que ser
solamente por
gracia. Así sucede con nosotros también. Nuestra
condición original y nuestro
carácter requieren que, si somos salvos de alguna manera,
debemos agradecerlo
al favor inmerecido de Dios. Yo sé que esto es así en mi
caso; y creo que la
misma regla es válida para los demás creyentes. Esto
está bastante claro, y así
continúo al siguiente encabezado:
III. LA SALVACIÓN PRESENTE POR GRACIA DEBE SER POR MEDIO
DE LA FE. Una
salvación presente debe ser por medio de la gracia, y la
salvación por gracia
debe ser por medio de la fe. Nadie puede asirse de la salvación
por gracia por
ningún otro medio que no sea la fe. Este carbón ardiente
tomado del altar
requiere de las tenazas de oro de la fe que deben transportarlo. Yo
supongo que
hubiera sido posible, si Dios así lo hubiera querido, que la
salvación se
hubiera podido obtener a través de las obras, y sin embargo
también por medio
de la gracia; pues si Adán hubiera obedecido perfectamente la
ley de Dios,
habría hecho solamente lo que estaba obligado a hacer, y
así, si Dios lo
hubiera recompensado, la propia recompensa habría sido de
conformidad a la
gracia, pues el Creador no le debe nada a la criatura. Habría
sido muy difícil
que este sistema operara, aunque su objeto era perfecto; pero en
nuestro caso
no habría funcionado del todo. La salvación en nuestro
caso significa la
liberación de la culpa y de la ruina, y esto no podría
ser alcanzado por medio
de buenas obras, pues no estamos en condiciones de llevar a cabo
ninguna buena
obra.
Supongan que yo les predicara que ustedes como pecadores deben realizar
ciertas
obras, y después de hacerlas serán salvos; y supongan que
ustedes pueden
realizarlas; una salvación así no sería
considerada como que se ha obtenido
completamente por gracia. Pronto se vería como algo que se ha
ganado. Entendida
de esa manera, la salvación vendría a ustedes, hasta
cierto punto, como la
recompensa por el trabajo realizado, y todo su aspecto habría
cambiado.
La salvación por gracia sólo puede ser agarrada por la
mano de la fe. Cualquier
intento de tomarla llevando a cabo ciertos actos de la ley haría
que la gracia
se evaporara. "Por tanto, es por fe, para que sea por gracia."
"Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es
gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no
es
obra."
Algunos tratan de alcanzar la salvación por gracia a
través de ceremonias; eso
no funciona. Son bautizados, confirmados y llevados a recibir "el santo
sacramento" de las manos del sacerdote, si son católicos o son
bautizados,
se hacen miembros de una iglesia, participan de la cena del
Señor, si
pertenecen a otros grupos. Yo les pregunto: ¿Acaso esto les trae
la salvación?
Les pregunto de nuevo "¿Tienen la salvación?" No se
atreven a decir
que sí. Si ustedes afirmaran que tienen una salvación de
algún tipo, yo estoy
seguro que no estarían pensando en la salvación por
gracia.
Tampoco pueden alcanzar la salvación por gracia por medio de los
sentimientos.
La mano de la fe está construida para agarrar la
salvación presente por medio
de la gracia, pero el sentimiento no está adaptado para ese fin.
Si dices:
"Debo sentir que soy salvo, debo sentir una cierta medida de tristeza y
otra medida de gozo, o de lo contrario no voy a admitir que soy salvo,"
pronto encontrarás que este método no podrá dar
una respuesta. Creer por medio
de tus sentimientos sería lo mismo que ver con tu oído, o
saborear con tu ojo,
o escuchar con tu nariz. No son los órganos adecuados para eso.
Una vez que has creído, puedes gozar la salvación al
sentir sus influencias
celestiales; pero soñar que puedes alcanzar la salvación
por medio de tus
sentimientos es tan insensato como intentar llevar la luz del sol en la
palma
de tu mano, o el aliento del cielo en las pestañas de tus ojos.
En todo este
asunto hay un absurdo esencial.
Más aún, la evidencia producida por el sentimiento es
singularmente voluble.
Cuando tus sentimientos son pacíficos y llenos de deleite,
súbitamente pueden
ser cambiados y se tornan inquietos y tristes. El más voluble de
los elementos,
la más débil de las criaturas, la circunstancia
más despreciable, puede hundir
o levantar nuestros espíritus. Los hombres experimentados cada
vez dan menos
valor a las emociones presentes al reflexionar cuán poca
confianza se puede
depositar en ellas.
La fe recibe la verdad que Dios ha establecido en cuanto a cómo
alcanzar Su
perdón inmerecido, y de esta manera trae salvación para
el creyente; pero el
sentimiento, el ardor bajo el influjo de sermones apasionados, la
entrega
delirante a una esperanza que no se atreve a examinar la realidad, dar
vueltas
y vueltas como en una danza extática que se vuelve necesaria
para poder
sostenerse a sí misma, todo eso es solamente una
agitación mecánica como un mar
embravecido que no puede descansar. A causa de sus esfuerzos y
trabajos, el
sentimiento puede caer fácilmente en la tibieza, el decaimiento,
la
desesperación y todos los males relacionados. Los sentimientos
son un conjunto
de fenómenos nublados y llenos de viento que no pueden dar
ninguna confianza en
referencia a las verdades eternas de Dios. Ahora proseguimos nuestra
presentación:
IV. SALVACIÓN POR GRACIA POR MEDIO DE LA FE Y ESTO NO DE
NOSOTROS. La
salvación y la fe, y toda la obra de la gracia en su conjunto,
no son de
nosotros. En primer lugar no lo hemos merecido. No constituyen
la
recompensa por nuestros buenos esfuerzos del pasado. Nadie que no haya
nacido
de nuevo ha llevado una vida tan buena que Dios está obligado a
darle mayor
gracia, y a concederle la vida eterna; pues ya no sería
más por gracia, sino
como una deuda. La salvación nos es dada, nosotros no la
ganamos. Nuestra vida
inicial es siempre una vida de extravío lejos de Dios y nuestra
nueva vida que
constituye nuestro retorno a Dios es siempre el resultado de una
misericordia
inmerecida, derramada sobre quienes necesitan grandemente de esa
misericordia,
pero que nunca la han merecido.
No es de nosotros en otro sentido, no viene de nuestra excelencia
original.
La salvación viene de arriba; nunca evoluciona a partir de
nuestro ser
interior. ¿Acaso la vida eterna puede desarrollarse de las
costillas desnudas
de la muerte? Algunos se atreven a decirnos que la fe en Cristo, y el
nuevo
nacimiento son únicamente el desarrollo de cosas buenas que
permanecen
escondidas en nosotros por naturaleza; pero en esto, como su padre,
hablan por
sí mismos. Señores, si un hijo de ira es dejado para que
se desarrolle, ¡cada
día será un mejor candidato para el lugar preparado para
el diablo y sus
ángeles! Pueden tomar al hombre que no ha sido regenerado y
pueden educarlo
hasta el más alto nivel; pero él permanece y debe
permanecer para siempre
muerto en pecado, a menos que venga un poder superior para salvarlo de
sí
mismo. La gracia introduce en el corazón un elemento enteramente
extraño. No
mejora las cosas existentes ni las hace perpetuas; sino que mata y
regenera. No
hay continuidad entre el estado natural y el estado de gracia: el uno
es
oscuridad y el otro es luz; el uno es muerte y el otro es vida. La
gracia,
cuando nos llega, es como un carbón arrojado en el mar, donde
ciertamente se
apagaría con facilidad si no poseyera una cualidad milagrosa que
es capaz de sorprender
las inundaciones de las aguas, estableciendo su reino de fuego y luz
aun en los
abismos.
La salvación por gracia, por medio de la fe, no es de nosotros
en el sentido
de que es el resultado de nuestro propio poder. Estamos obligados a
considerar la salvación ciertamente como un acto divino al igual
que la
creación o la providencia o la resurrección. En cada
punto del proceso de
salvación, esta palabra es apropiada: "y esto no de vosotros."
Desde el primer deseo de salvación y a todo lo largo del proceso
hasta la plena
recepción de la salvación por fe, es de principio a fin
únicamente del Señor y
no de nosotros. El hombre cree, pero esa fe es solamente un resultado
entre
muchos de la implantación de la vida divina en el alma del
hombre por el propio
Dios.
Aun el simple deseo de ser salvos por gracia no es de nosotros,
sino que
es un don de Dios. Allí está la clave del asunto. Un
hombre debe creer en
Jesús: es su deber recibir a Quien Dios ha designado para que
sea la
propiciación por los pecados. Pero el hombre no quiere creer en
Jesús; prefiere
cualquier otra cosa a la fe en su Redentor. A menos que el
Espíritu de Dios
convenza su juicio y fuerce su voluntad, el hombre no tiene
corazón para creer
en Jesús para vida eterna.
Yo le pido a cualquier hombre redimido que reflexione sobre su propia
conversión y que explique cómo llegó a ser salvo.
Te volviste a Cristo y
creíste en Su nombre: estos fueron tus propios actos y hechos.
¿Pero qué fue lo
que te hizo volver a Cristo? ¿Qué fuerza sagrada fue esa
que te hizo volverte
del pecado a la justicia? ¿Atribuyes esta singular
regeneración a la existencia
de algo mejor en ti por sobre cualquier cosa que se haya podido
descubrir en tu
vecino inconverso? No, tú confiesas que podrías haber
sido lo que tu vecino es
ahora si no hubiera sido porque algo potente tocó el resorte de
tu voluntad,
iluminó tu entendimiento, y te guió a los pies de la
cruz. Llenos de gratitud
confesamos ese hecho; debe ser así. La salvación es por
gracia por medio de la
fe, no es de nosotros, y nadie soñaría en honrarse a
sí mismo por causa de su
conversión, o por causa de cualquier efecto de la gracia que ha
fluido de la
primera divina causa. Por último:
V. "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no
de
vosotros, pues es don de Dios." La salvación puede ser llamada Teodora,
o el don de Dios: y cada alma que es salva puede apellidarse Dorotea,
que es otra forma de decir lo mismo. Multipliquen sus frases y
amplíen sus
exposiciones; pero si le seguimos la pista a la salvación hasta
llegar a su
fuente, encontraremos que toda ella está contenida en el don
indecible, y en la
bendición inmerecida y sin medida del amor.
La salvación es el don de Dios, totalmente opuesto al
concepto de un
pago. Cuando un hombre paga a otro hombre su salario, hace lo correcto,
y a
nadie se le ocurriría abrumarlo de elogios por ello. Pero
alabamos a Dios por
la salvación porque no es el pago de una deuda, sino que es un
don de la
gracia. Nadie entra a la vida eterna en la tierra o en el cielo porque
se lo ha
ganado: es el don de Dios. Decimos: "Nada es más gratuito que un
regalo." La salvación es tan puramente, tan absolutamente un don
de Dios,
que nada puede ser más inmerecido.
Dios lo da porque Él decide darlo, de conformidad a ese
grandioso texto que ha
hecho que muchos hombres se muerdan el labio de rabia: "Tendré
misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del
que yo me
compadezca." Todos ustedes son culpables y están condenados, y
el Gran
La salvación es el don de Dios: enteramente es un don de
Dios, en oposición
a la noción de crecimiento. La salvación no es un
producto natural que
surge de dentro: es traída de una zona foránea, y
plantada en el corazón por
manos celestiales. La salvación en su totalidad es un don de
Dios. Si quieres
alcanzarla, allí está, completa. ¿Quieres
recibirla como un don perfecto?
"No, yo la voy a producir en mi propio taller." No puedes forjar un
trabajo tan raro y costoso, sobre el cual el propio Jesús
derramó toda la
sangre de su vida. Aquí hay una túnica sin costura, de un
solo tejido de arriba
abajo. Te cubrirá y te llenará de gloria. ¿Quieres
tenerla? "¡No, me voy a
poner a trabajar en el telar y voy a coser mi propia túnica!"
¡Eres un
insensato orgulloso! Estás tejiendo tu propia telaraña.
Estás bordando un
sueño. ¡Oh! que quisieras aceptar sin costo lo que Cristo
declaró consumado
sobre la cruz.
Es el don de Dios: esto es, está eternamente seguro en
oposición a los dones
de los hombres que muy pronto se desvanecen. "Yo no os la doy como
el
mundo la da," dice nuestro Señor Jesús. Si mi
Señor Jesús te da la
salvación en este momento, la tienes, la tienes para siempre.
Nunca te la va a
quitar; y si Él no te la quita, ¿quién
podrá hacerlo? Si Él te salva ahora
por medio de la fe, eres salvo, tan salvo que nunca perecerás,
ni nadie te
arrebatará de Su mano. ¡Que
así sea con cada uno de nosotros! Amén.